Amar duele: una taxonomía irresponsable del amor

Amar duele: una taxonomía irresponsable del amor

No desvistas mi amor
podrías encontrar un maniquí
Charles Bukowski

We found love in a hopeless place
Rihanna

Amores que se limpian el forro con la separatidad de Fromm. Amores que hacen sudar, creerse invencibles, venirse rápido y tirarse de los edificios. Asaltan por dentro, desvalijan el cuerpo y dejan al amante –no importa si es abandonar o quedarse lo que le toca– lleno de erupciones y preguntas necias. Ambos roles, depredador y víctima, padecen los embates por igual. Es la lógica del intercambio malintenso: se aman, pero se agreden: Eros y Tánatos en partida de carritos chocones.

A continuación el catálogo de malos amores que todo amante desprevenido deberá conocer:

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El amor balbuceo: es el amor sin lenguaje, propio de los histéricos y las víctimas del terror al compromiso. No son precisamente amores inmaduros, sino malhablados: amores lengua mocha. Están intoxicados de palabras predecibles, promesas de juguete y sinsentidos. En ellos todo es movedizo y todo coexiste: el sí con el jamás con el quizá con el siempre con el última vez. Una conjugación de te amos, rupturas y escapes simultáneos. Se valen de lo indescifrable de su mensaje; de tanto escucharlos, aturden y convencen: estwfgoy contigftjihgo pgarhra sienfhvbdmpre.

 

El amor business is business: es aquel que sigue la mecánica de adquisición, negociación e intercambio de mercaderías humanas que Fromm denunciaba como rasgo característico de la forma de amar de la cultura contemporánea: Te encuentro en el mercado, reviso tus passional facts, pruebo tu sabor nuevo (si lo tienes), calculo el precio de tu competencia, consulto al bolsillo y te compro. A ti, objeto perfecto, a ti que estabas ahí esperándome, yo tan yo, tu cliente objetivo, yo tan yo, tan apetecible.

 

El amor trofeo: es el amor que expone al otro en una repisa, lo convierte en pancarta, lo muestra a sus amigos, le hace un club de fans y lo cuelga como un título académico en la pared de la oficina. Es el amor camiseta de fútbol, el amor pandereta y vuvuzela. Se asienta en la posesión, la exclusividad y el premio. Es el amor socialité. El amor Vanity Fair. Su premisa: “Si no te exhibo no te tengo”.

 

El amor bandera: en apariencia similar al anterior, solo que ya no es un trofeo lo que se expone, sino una bandera convertida en símbolo patrio. Por el amor bandera se lucha, se componen manifiestos, se dividen familias, se planta una guerra. Es producto de esa misma histeria que procrea héroes, líderes políticos y mesías de iglesias corporativas. Generalmente grandilocuente, castiga con una pregunta fatal: ¿amas o proclamas?

 

El amor reactor nuclear: propio de los desposeídos y las mentes virginales, es el amor añejado, ese que se guardó para el “ser correcto”, que se acumuló al margen del calor, la masturbación escondida, los valores familiares y las revistas . Ese amor que, cuando aparece aquél constructo onanístico-demencial llamado “la persona indicada”, estalla en pedazos y termina matándolos a los dos.

 

El amor máscara: es un amor teatral, histriónico, autoengañado, que asume su papel a partir del disfrazamiento (despersonalización) del otro. Dice: amo la máscara que te pongo porque me distrae de saber lo que hay detrás (¿de la mía?), y escribe un guión que le va haciendo burla a la rutina. Realidad y representación conviven en este amor por funciones en el cual nadie es quien dice ser: el cuerpo es el telón que cubre mi amor de utilería: el amante aquí es una tarima.

 

El amor más amoroso: su máxima es amo tanto mi amor por ti que me olvidé de amarte. Es el amor narciso, el amor enamorado de sí mismo. El amor que ama amar al ser amado tan amorosamente que al final termina muerto de amor por esa forma de amar tan amorosa que no ama a nadie. “En última instancia lo que amamos es nuestro deseo, no lo deseado”, sentenciaba Nietzsche, y con eso dejó tarea para rato.

 

El amor Constitución: se fundamenta en cláusulas y acuerdos. Es un amor contractual, un amor acuerdo de trabajo: ahí se estipula lo debido y lo indebido, se establecen las causales de ruptura, se regulan los saludos, los amigos y la duración de los orgasmos, se normalizan las veces que deben hablarse al día y las conductas ante lo público. Suelen tener artículos especiales para el tema de los celos, las redes sociales y el coqueteo. Es una relación aparentemente controlada y sana, pero en realidad es un amor leguleyo, totalitario y hablapaja que acaba dejando a los amantes agotados, llenos de cuernos y papeles sin cumplir.

 

El amor institución: a diferencia del constitucional, este tiene fachada, insignia y efemérides. Es un acta constitutiva, sí, pero también un edificio y una cultura organizacional. Este tipo de amor practica la forma corporativa y el orden de la apariencia. Presentan sus balances al año, hacen campañas de cohesión de parejas en Facebook y se pronuncian al unísono con voz soñadora de ONG. Este amor maneja relaciones públicas, adopta perritos y tiene responsabilidad social. Es el amarse con institucionalidad: tener un hashtag y un futuro propios, ser #ChiquitoYChiquita como Sociedad de Responsabilidad Ilimitada del amor.

 

El amor acabatrapo: es, quizás, el más delicioso y agotador del grupo. Lo contiene todo: placer, fidelidad, futuro, horror, egocentrismo, exclusividad, pero por suerte de ruleta. Es impredecible; exprime, cansa, maravilla, agota y enflaquece. Se escuchan alto, hacen sentir éxtasis pero apuñalan por la espalda. Sus practicantes suelen ser hijos deformados de la cultura del amor: ovejas negras del “sentimiento-más-universal” sobre la tierra. De este amor se puede salir rápido, pero es de los que, al final del día, originan dos arquetipos fatales del mundo de las pasiones: las MILF y los viejos verdes.

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el-amor-constitucion-tipos-de-amor

 

Epílogo para justificar la malintensidad

Lejos de cualquier interés terapéutico, esta taxonomía, además de irresponsable, se antoja inútil: es una simple mirada al pozo, sin certezas ni alternativas de salida. Para eso existen Walter Riso y los masajistas, el discurso poco fiable del bolero, los arquetipos de las telenovelas y las dosis sublinguales de alguna conversación posdespecho.

La sentencia final, sin embargo, pareciera ser la misma: salir y romperse: arreglarse y regresar después;

 

#YOLO,

si es que en verdad se puede.

 

@zakariaszafra


Cultura Colectiva

Una versión editada de este texto irresponsable se publicó en el portal Cultura Colectiva, bajo el título: Tipos de amores irresponsables que todos hemos tenido alguna vez en la vida. Haz click en el nombre para leer. 

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