Denzil Romero: Tonatio Castilán o un tal Dios Sol

Denzil Romero: Tonatio Castilán o un tal Dios Sol

Un historiador pirata, ambiguo, enviciado, que convierte la identidad latinoamericana en una filtración de biblioteca; un erudito desautorizado que le mete el dedo a la Historia para sacarle el polvo y el comején que le cayó por contagio del discurso oficial; un narrador animado por lo voluptuoso, lo proliferante, lo barroco, que solo le hace caso al bonche, al deslumbramiento verbal y al anacronismo deliberado, que reinventa los hechos con la irresponsabilidad del rumor y la embriaguez; todos son rasgos del arquetipo Denzil Romero: el del escritor jodedor.

Tonatio Castilán, la obra quizás menos leída y estudiada de la novelística romeriana, es una recreación caótica y de gran aliento poético de los episodios más significativos de la conquista de México. Por medio de un personaje segundón (Pedro de Alvarado, lugartenientede las campañas de Cortés, héroe hipersexualizado y bien dotado para la guerra y la política), Denzil Romero le hace trampas a la historiografía oficial para sacar de ella una historia-chisme que deslumbra y desencaja.

Algo destacable de la novela es que, contra todos los pronósticos, lo prehispánico está muy lejos de ser un instrumento de demagogia literaria. El lector no debe esperar aquí a un militante del indigenismo, mucho menos a un libertador posmoderno de los pueblos oprimidos. Aquí Romero se pone de ambos lados del Poder (tanto del español como del imperialismo mexica) para ridiculizarlo.

“Cuauhtémoc, en arengas llenas de odio e indignación, llega al extremo de mujeriar a su tío (Moctezuma); de ‘mujeriarlo’, sí, tratándolo de mujeringa, de afeminado, de hermafrodítico, de pújiro, de joto, de ninfo, […], de orquídeo, de María Bonita, de María la O, de Juanga, de Juan Gabriel, de coliflor, de lilo, de charro con sartén o con delantal, […].

Un amigo mexicano de estos días me contaba que él recuerda haber visto de niño en su Puebla natal un códice antiguo donde aparecían dibujos de Moctezuma practicando actos sodomíticos con Cortés. ¡Cómo para no creerlo! ¡Cosas de la maledicencia y el desconcierto mexica de esos días debió ser!” (p. 139, 140)

Se burla de los personajes, los enaltece con pasajes líricos, los sublima y los enjuicia. Cita a los cronistas de Indias pero los chismea, se entromete en los diálogos y los pervierte, abusa de la literatura medieval y las novelas de caballería, de las formas poéticas del antiguo México y la mitología prehispánica, del lenguaje urbano y las palabras en desuso, opina como castellano antiguo y como mexicano malandro, habla náhuatl y venezolano de los ochenta. En un extraordinario despliegue narrativo, Denzil Romero hace de la historia una rochela, un ejercicio de bochinche y mierda mirandina (para hacer el guiño obligado a su personaje predilecto).

De entramados y artificios está construida esta novela. Un montón de elementos portentosos la erigen como un monumento a la hibridez. Su propuesta estética supera cualquier convención. Sus operaciones son las de una máquina haciendo autopoesis en el desastre.

¿Para qué manuales de uso?

Esta es una pieza para folgafolgar con la memoria.

 

 

Tonatio

 


Con el estudio crítico de esta novela aspiro al título de Magister en Literatura Latinoamericana (UPEL, 2015, si Dios y Quetzalcóatl así lo permiten).

 

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