El frasco de galletas

El frasco de galletas

Él la miraba y le daba una sonrisa juguetona y paralítica. Ella lo tenía largamente en sus brazos, balanceándolo por pedacitos, murmurándole una canción de cuna desafinada. De ser por ella, aquel cuerpo hubiese dormido en su cama el resto de los años que le tocó vivir. Se habrían podrido juntos, en una obsesión mutua, en un canibalismo consumado, hasta que él se volviera alimento de trazas y a ella se la tragaran las escaras. O sin saberlo, sin pensarlo siquiera, se habría intoxicado en una antropofagia de amor.

Ella lo adoró. Lo adoró de muerte.

El niño (o cualquier materia semejante) se llamaría Isolino. Tendría la boca fina y el gesto grecorromano. Sería rubio y tanto más seco que su madre, pero una viga del techo lo expulsó de la barriga con la violencia de lo inesperado.

Cuando ya fue imposible detener el tiempo, Mamina agotó los medios: imaginó la taxidermia, desgastó las cenizas, prometió que la fundición sería más allá de la muerte. Buscó entre candelabros de aceite, lenguas embalsamadas, muñecos de porcelana, camafeos con lava del Vesubio, zarcillos disecados y papeles. Encontró por fin un frasco de vidrio estampado donde solía guardar galletas de pimienta.

Ahí lo guardó, ahogándolo en dos litros de alcohol.

A veces el olor parecía suspenderse y transitar con pesadumbre y angustia sobre los espacios. La respiración, sobre todo cuando llegaban las lluvias y no se abrían las ventanas, se adormecía en tajadas putrefactas. Isolino pasaría años en aquel frasco de galletas, contemplando las cosas con sus ojos desorbitados, esperando el final con su cara dilatada y su posición de estar abrazando al vacío. Pero Mamina era una aguja pesada en el tiempo: en el momento justo lo socorría, lo enjugaba con una esponja aceitosa y lo perfumaba con pulpa de flores.

Isolino amaba a su madre. Era una soledad luminosa.

Una tarde, a la hora de la merienda, Mamina se percató de que Isolino se corrompía velozmente. El alcohol le había disuelto toda la carne y quedaba sólo un huesito flotante, como la costillita de un raro molusco. Ella, en otro intento desesperado de conservarlo (y de conservarse a sí misma), resolvió guardarlo en el horno. Pero aquello resultó más doloroso: la euforia de la descomposición terminó por llevarse a Isolino y, más atrás, a Mamina.

Cuando se resolvió derrumbar la casa para vender el terreno, los últimos parientes recordaron toda aquella historia del frasco y el entierro. Esas extravagancias de Mamina, se dijeron, al detenerse frente al árbol de aguacate que había sido su mausoleo. Se venía la hora, el miedo a la profanación ajena, el resto de patrimonio que son todos los cuerpos. No podían dejarla ahí. Además la curiosidad es una cosa que remoja la sangre. Entonces decidieron.

Cavaron largas horas hasta llegar a un espacio hondo y amoldado entre las raíces. Levantaron una inmensa piedra que sirvió de lápida y al final consiguieron una tabla manchada con un burdo epitafio escrito en tinta china. Al detenerse, se percataron de que la madera estaba podrida, tanto que se quebró al exhumarla.

Se procedió con cuidado.

Lo primero que salió fue un gas maloliente que entró por todas las narices. Luego una bruma escarlata, parecida a una sábana de terciopelo.  Al despejarse, aparecieron los huesos intactos y el cráneo hendido de Mamina, que denotaba una expresión de deleite. Ni un rasgo de piel quedaba. Tampoco se encontró el frasco de galletas que alguna vez tuvo un feto.

Esa noche la ciencia charlatana intentó explicar los gases, la desintegración del vidrio, las emisiones de los cuerpos descompuestos, la digestión de los gusanos. Se dijo mucho pero nunca, jamás ni nunca se pudo creer completamente en la antropofagia de amor.

***

[Este cuento pertenece a #BlandaIntuicióndePárpados (2014). Si te gustó, descarga el libro aquí. Si no, incendia tus pestañas con calma].

Portada Blanda intuicion de parpados_Zakarias Zafra

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *


1 × = siete

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>