El ungido

El ungido

Yo tuve un padre en una época que no recuerdo. Estaba joven. Lo sé porque tenía fuerzas y no pensaba las cosas que pienso ahora. Lo sé porque aún no se habían definido mis pesadillas ni se habían realizado todos mis miedos. Lo estaban persiguiendo. Las marchas de aquellos soldados me apuñalaban. Su ritmo persecutorio me enloquecía sin saber por qué.

O sí lo sabía. Él era culpable.

Yo tenía un absceso en el corazón, un oráculo de sangre al que le consultaba todas mis dudas. Me ponía una venda en los ojos y palpaba sus mensajes cargados de pastas y glóbulos amargos.

Palpitaba mucho aquel furúnculo.

De repente sonó un estallido terrible, parecido a un disparo. Los perros se agitaron como si hubiesen visto a las ánimas. Mi pecho se convirtió en un maná de pus y saliva.

Lo habían matado.

Recuerdo que empecé a botar espuma por la boca. Una estampita del Corpus Christi cayó desde la lámpara y un tufo a asadura de cordero me perforó las papilas gustativas. Yo estaba vestida con un traje de novia tejido en papel. Mamá dormía, con su muerte habitual, mimetizada en la mecedora.

Un enano me llamó desde lo oscuro del jardín con una linterna encendida. Era un hombre diminuto, una especie de sátiro deforme con una sonrisa de fábula y una quijada cornuda. Tenía una máscara.

Me agarré de una estrella de tres puntas que se había estacionado en la primera tapia de mi casa y aterricé en el suelo. Ya empezaba a cruzar la huerta de carbones que nos había heredado papá, cuando me tropecé y caí de bruces sobre el enano. No lo había detallado. Supuse que no debía llegarme a las rodillas. Y en efecto, así era.

Yo no podía hablar. Mi boca parecía un fuelle roto, inservible. El enano se levantó rebotando del suelo y se cubrió la espalda con un trapo rojo. ¿Quieres ver a tu padre?, me preguntó con una voz carrasposa y afeminada. Yo voy a llevarte, dijo luego sabiendo que no iba a responderle, y me amarró el cuello con una cuerda que llevaba entre las piernas.

(Mi padre estaba muerto, yo lo sabía. Mi oráculo no fallaba y aquel estallido que se duplicó con el eco de los perros me abrió un boquete en el pecho y me hizo un lagrimal en las venas).

Enseguida me vi caminando tras el enano, cabestreando con cierta rudeza por su paso diminuto y arrastrado. No mencioné que tenía una cachucha de militar.

Pasamos una explanada silenciosa. Brillaban en el suelo unos gajos de fruta podrida y unas ramitas quemadas que habían servido de incienso.

El enano silbaba. Luego se detuvo.

Habíamos llegado.

Miré alrededor y no distinguí nada en medio de aquella bóveda metálica que nos cubría. Afiné mi vista y reconocí el brillo inmundo de la estrella estacionada en mi ventana. No estábamos lejos de la casa. De hecho, habíamos caminado muy poco.

El enano se arrodilló en la tierra y empezó a escarbar con las manos. Sacó caracoles de plástico, frascos vacíos y cáscaras de huevo. Alzó las manos llenas de barro y me hizo un gesto que entendí como una petición de ayuda.

Una artritis poderosa me incitó a hacerlo cada vez más rápido. Las uñas se me pusieron negras y las venas se me hincharon como globos. Ahí sucedió lo inesperado: escondida entre las raíces de un árbol y sellada por placas de barro y algunas monedas antiguas, encontré una vieja caja de zapatos.

El enano empezó a brincar, chillando y escupiendo hacia el cielo. Apartándome a los golpes se agachó y metió su linterna dentro del hoyo que había cavado. Mis dedos, ya insensibles, no sintieron lo que había dentro. Mis ojos sí lo advirtieron:

Dentro de aquella caja estaba el cuerpo de mi padre. Era diminuto. Me cabía en una mano.

Me puse nerviosa. Empecé a sudar gotas de aceite. Un desconsuelo desesperante me cambió por completo. De mi seno izquierdo fue saliendo una gigantesca bolsa de óleo perfumado que estalló en pedazos. Lloré con violencia.

Ahí, cuando el crepúsculo nocturno empezaba a disiparse, pude ver que sus ojos se abrían… Aquel cuerpecito despertaba, lento y abundante en su impenetrable silencio.

Mi dedo hundido acariciaba el oráculo. Una luz me dispuso de nuevo en el origen. Sobre mi cama dormía un hombre robusto, gigante, que roncaba profundamente. En su almohada descansaba una cachucha y una máscara de diablo. Me pareció, ahora más que nunca, inofensivo.

***

[Este cuento pertenece a #BlandaIntuicióndePárpados (2014). Si te gustó, descarga el libro aquí. Si no, incendia tus pestañas con calma].

Portada Blanda intuicion de parpados_Zakarias Zafra

 

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