Para invocar a los muertos

Para invocar a los muertos

Altares

Sus muertos y los míos pasaron la noche frente a botellas de cerveza, dulces y frijoles. Las velas -como nosotros- amanecieron exhaustas en la mañana. La pequeña calavera de pan, que desde ayer permanecía intacta, estaba rota en dos cuando volvimos del cuarto.

Los muertos vinieron a decirnos algo.

No sabemos qué.

Su apetito, tal vez, se parecía al nuestro.

*

 

OCTAVIO: La muerte nos seduce. La fascinación que ejerce sobre nosotros quizá brote de nuestro hermetismo y de la furia con que lo rompemos.  

YO: ¿Impulso terrorífico o salvaje pretensión de vivir? ¿Explosión de origen o de arrasamiento? Estamos aquí para incendiarnos. Vivimos porque estallamos.

 

*

Cartas

“… los orgasmos están llenos de gente y esa pequeña muerte se la llora a uno cualquiera”.

 

*

Responsos

¿Quiénes somos?

-Los muertos de la memoria.

-Los que se olvidan.

-Los que siguen muriendo.

-Los que, de tanta muerte, dejaron de morir.

 

*

 

Palabras

¿Qué cosas se cumplen dentro de las palabras al pronunciarlas? ¿En la palabra muerte no están todas las formas de la desaparición, los decesos y sus historias, la carga de todos los cuerpos caídos? ¿Qué recuerdan las palabras? ¿Qué tanto de ellas se contagia cuando hablamos?

*

Números

Hubo 24.980 muertos en Venezuela en 2014.

27.875 en 2015, cuando nos conocimos.

28.479 en 2016, cuando nos dejamos.

 

Los datos pueden estar errados.

Una cosa, sin embargo, está clara:

 

a todos los años que vengan habrá que sumarles

más dos

más dos

más dos.

*

Rituales

De niño pensaba que uno revivía a los muertos al leer o escuchar un disco. Creía que los despertaba y ellos -compositores, poetas, intérpretes- venían a vigilar qué hacía yo con sus obras.

Al principio sentía miedo. Después entendí que ambos actos son rituales y que, vivos o no, la lectura y la música acercan esas almas remotas al mundo estéril en que vivimos.

 

*

Amuletos

Tres días antes de morir, con la voz exigua y el aliento de manzana, mi abuelo recitaba la Balada de Hans y Jenny y los primeros versos de Adelfos. Un pañuelo húmedo en la boca le aplacaba las respiraciones. Ya no veía, desconocía el tacto, pero aún así pensaba en la poesía. La susurraba. La vivía.

Pienso en él como un amuleto flotante, hecho de imagen y lenguaje. Sus contornos se han borrado, pero su sustancia colma el recipiente de la memoria.

Como la poesía, el cuerpo, al irse, se condensa en la región de los significados.

Mi muerto es ahora una constelación de palabras.

 

*

CHARLES:

Esto dentro de mí
que se arrastra como una serpiente,
aterrorizando mi amor por la vulgaridad,
algunos lo llaman arte
algunos lo llaman Poesía

no es la muerte…

YO:

…es la interrogación.

Es la llama viva.

Es la vigilia.

*

Apariciones

Cuando soñamos a nuestros muertos los vemos sanos, plenos, tocándonos con sus largas manos de tiempo.

No están quietos -lo cual, quizá, nos da más alegría-. Habitan nuestra casa, están en su lugar de siempre, ahora con una vitalidad que no les conocíamos. Parecen los mismos, pero sus cuerpos se esfuman frente a nuestro tacto imaginario.

¿Qué hacen ahí en el gran cajón de los recuerdos?

¿Por qué se levantan cuando intentamos acercarnos?

Ellos, preciosos ecos de humo, están velando nuestro desamparo con su risa sonora y eterna. Ellos, tal vez, están preparándonos para ese territorio fugaz del sueño.

 

*

Quiero recobrar a todos mis muertos

desde lo que no sé de ellos,

 

escribió Hanni Ossot.

*

Pérdidas

¿Qué pasa si descubren que nos fuimos?

¿Qué pasa si se enteran de que estamos muertos?

¿Qué pasa si ven que ya no tenemos país?

¿Qué pasa si saben que nos quedamos sin casa?

¿Qué pasa si cuentan que somos figuras del destierro?

¿Qué pasa si ya no nos dejan volver?

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