Pregón de la Navidad de 1552 de la Nueva Segovia de Variquicimeto

Pregón de la Navidad de 1552 de la Nueva Segovia de Variquicimeto

¡Atención, Segovianos, Va-ri-qui-ci-me-ta-nos, atención!

Yo, Pregonero Mayor de la primera Navidad de la Nueva Segovia de Variquicimeto, fundo la gran parranda en este Río de Agua Color Cenizas y declaro el pago de aguinaldos anticipados por orden de la Providencia 025 de Dios Nuestro Señor.

Hoy, 21 de noviembre de 1552, yo, Pregonero Mayor y vidente contratado, vengo a contarles las noticias del futuro. Vengo a hablarles de una ciudad que va a existir dentro de cuatro siglos y medio (y que ni usted ni yo lamentablemente conoceremos), pero que los santos productores ejecutivos de la Navidad nos están pidiendo celebrar. Apenas nos conocemos, ya sé. Tenemos tan pocos meses en esta tierra que para contar no hay mucho. Pero tenemos que justificar el sueldo y la fiesta… por eso no nos queda otra que inventar y celebrar lo que no existe. O quién sabe, lo que vendrá después. Aquí voy.

Un ángel con cara de retablo y chaleco de periodista me ha dicho hoy que dentro de muchos años esta ciudad será cubierta de luces y bombillos por un Alcalde con bigote. Perdónenme si les hablo con un lenguaje impropio, segovianos, tal vez ajeno a estos tiempos, o les cuento de lugares y personajes de la mitología urbana, aún desconocidos para ustedes (y para mí también, no se crean), pero les dije que era un pregonero vidente –contratado- y tengo informantes claves del futuro. Entonces el ángel también me dijo que la Avenida Venezuela (que pasará por allá, pero que ustedes no la pueden ven todavía) se parecerá a esos casinos y hoteles de Las Vegas y que tanto despilfarro de alegría nos dejará un cementerio de ovejas y renos de aluminio en los galpones del municipio. ¡Y pobres de nosotros, que dentro de 463 años nos van a racionar la luz cada dos días! ¿Quién podrá pensar eso?

Pero hay más. A esta ciudad, que después se llamará Barquisimeto y pertenecerá a un municipio de apellido vasco dentro de un estado “pesebrista” o algo así, le caerá el Huracán Amalia y será asediada por los Reyes-Reyes Magos. De aquí saldrá un joven apolítico y despelucado al que bautizarán Dudamel y que tendrá una célebre orquesta de raspacanilla que conquistará al viejo mundo. Ese ángel, medio pavoso y socarrón, me ha dicho también que todas las paredes de las casas serán pintarán con más colorinches que las camisas de un gaitero, que dejarán espernancada la Flor de Venezuela todas las tardes y que El Impulso se quedará sin papel dos veces antes de que cante Juancho.

Me cuenta que habrá colas en el Central Madeirense, en Cleos, en los Farmatodos, que ya ni el mal vivir se conseguirá en las noches por la 19 y que todos gritaremos en coro, con una pancarta de papel lustrillo: ¡Represión en los psiquiátricos!

Dentro de cuatro siglos y medio (y eso no puede saberlo nadie todavía, así que no se adelanten) abrirán una playa artificial detrás de nosotros y un equipo con el nombre de un pájaro llegará a 50 años en una liga de bolas. En ese futuro remoto será casi imposible comprar cohetones y cebollitas, y se va a poner bien cabilla  el problema del agua (cabilla, dícese de algo fuerte y difícil -por favor perdónenme otra vez esta deformación de nuestro límpido castellano-), y los pepitos van a subir al triple y los policías van a espantar a los pillos con las contraportadas del Diario La Prensa.

¡Este es el vaticinio de la Navidad! ¡Pero no se asusten ni se adelanten! Ya se los dije. Faltan cuatro siglos para que este pregón se cumpla. Tendremos, eso sí, una ciudad hermosa, tranquila, llena de amores, besos, árboles y esculturas, cargada de amigos, abuelos y recuerdos, y todas las tardes a final de año vendrá una sierva de Dios con una camisa de Harina Pan y un megáfono de campaña a decirnos ¡Paz para Lara! ¡Paz para Lara!

¡Atención, Variquicimetanos!

Yo sé que esto no parece un pregón. Esto se parece más a una profecía o a un grito de esperanza o de malacrianza, ¡qué sé yo! Pudiera hacerlo más aburrido y decirles:

“¡Barquisimetanos!,
Barquisimetidos,
Barquisimelosos,
Barquisimentalizados,
Barquisimelancólicos,
Barquisimetropezados…
vamos a celebrar ahora,
que mañana nos va a salir más caro.
Tengamos esperanza,
que esa no viene con dólar importado.
Celebremos, pues, que la Navidad llegó más temprano…
y blá-blá-blá”,

y ustedes, segovianos de 1552, no me entenderían.

Pudiera hablar de Salvador Garmendia (que se copiará algún día de mi pregón, pero no aquí, sino en Caracas), o de Rafael Cadenas (que nos dejó un García Lorca y una casa vieja en la Plaza Lara), o hablarles de Lisandro, de Pío, de Montesinos, de Bujanda, dármelas del vidente culto, disfrazarme cronista y astrólogo callejero y contarles las Memorias de Altagracia, los portentos del Parque Ayacucho, la nostalgia de la Calle Comercio (antes de que llegue el Transbarca), del grasoso y célebre Manteco o del pasado solemne del Teatro Juares (cuando no existían los reinados de belleza ni los eventos corporativos ni el stand up comedy), hablarles de los Whonsiedler, de La Salle, de la Concha Acústica (cuando no existían los malandros ni los vertederos de aguas negras), contarles sobre Guachirongo y Veragacha (los locos gastados de siempre), mentirles con el cuento aquel de la derrota y el crepúsculo que vio un tal Simón Bolívar cuando se paró a orinar en un puente, podría hablarles del cocuy y del cólera y del padre Macario, y quedarme ahí afinándole las cuerdas a la Mavare y repartiendo almuerzos en nombre de la Pastora y llenándome la barriga y la espalda con canciones de Carrillo y Juan Ramón Barrios, o pudiera hablarles de Juan de Villegas y de Jacinto Lara y del Negro Miguel y ver cómo se van quedando dormidos, como van bostezando a meterse en Whatsaap, a estalkear al levante de la semana, a ver qué dice el Twitter, a pararse y tomarse una selfie con el piquito y la pierna torcida, a subir foticos de cualquier cosa, a distraerse y no pararme nada. Sí, ya sé. No me miren con esa cara. Ya sé que no me entienden. Esto no es un pregón, se los dije. Y ultimadamente, nadie en la Nueva Segovia de 1552 sabe qué es un pregón. Esto es una profecía navideña, un grito de esperanza o de malacrianza, ¡qué sé yo!

Ahora déjenme que les diga otra cosa: todo eso se lo van a contar los libros de historia. Sus nietos y los nietos de sus nietos van a saber  y repetir los mismos cuentos. Por eso prefiero pregonar de las cosas de las que nadie va a hablar y que van a quedar borradas como por arte de magia. Yo quiero contarles de los buhoneros que venderán correas, Racumín y estuches de teléfono, contarles de Petra, de Felipa, del Licen, del Loco de la Pancarta (que tendrá Facebook, por cierto, y escribirá una vez a la semana), de las torres del Sisal, de los túneles secretos en el centro, de cómo esta plaza mayor tendrá una fuente que cantará la Marcha Turca hasta que venga un malandro a robarse los cables y la bomba de agua. Yo quiero decirles la verdad sobre el tesoro del Tirano Aguirre, averiguar por qué Cambural será por siempre el bar de los poetas, por qué habrá tanto mármol italiano en el cementerio Bella Vista, por qué habrán encerrado la Calle El Hambre y qué se traerán entre manos cuando cambian los nombres de las discotecas cada 15 días. Yo prefiero pregonar de la ciudad que existirá, la que no vamos a conocer, pero que hoy tenemos que celebrar.

Yo, pregonero vidente y freelancero, vengo a pregonar sobre las caucheras, los chinos y los telecajeros, sobre las fruterías con punto de venta y las panaderías con infocentros, de los helados a treinta bolos, del teleférico fantasma del Parque Macuto, del vagón abandonado de El Cardenalito, de la casa de Marina, del Sospechoso y de todas esas almas rebeldes que seguirán despiertas después de la hora. Yo prefiero pregonar sobre las bombas de gasolina, sobre los patineteros, las universidades en paro, los perros de la calle, del Embalse Los Quediches, de las ofertas de aprovecha.com y de las tiendas de juguetes. Ay, variquicimentanos: ¡Esa es la ciudad que tendremos, la que nos quedará después de dos terremotos y no sé cuántos alcaldes, la que celebraremos dentro de 463 años si la Santa Providencia Nacional nos lo permite!

Esta ciudad que brotó a la ribera de un río de cenizas, que se mudó tres, cinco, siete veces, que tiene nombre de tinta roja y acordes de guitarra guardados en las calles. Esta ciudad que nos hizo del color de la tarde, que nos saca todos los días del silencio, esa ciudad en la viviremos, soñaremos, amaremos, bendecidos por el aliento del valle y esa neblina armoniosa que se disipa a mitad de la mañana. Esta ciudad que es buena y colorida, que nos remoja, nos ama y nos abriga, aunque nos aburramos de ella cada siete días.

¡Variquicimetanos! ¡Segovianos! ¡Parranderos!
Hoy decretamos querernos porque somos los mismos,
aunque la luz distraiga los colores y quiera mostrarnos distintos.
Escuchen, escuchen atentos:
esta Navidad nos quiere cantando, amando y bien despiertos.
La dicha nos busca y nos invita,
nos hace jardín, abrazo y comienzo.
Navidad de alivio, Navidad de sentimiento
Navidad de dulce, música y silencio.
Navidad Yiyivamos
Navidad Perrendenga
Navidad en cimarrona
Navidad cocuyera
Navidad nuestra
que todos comparten y que nadie se lleva
Navidad que es para amarse
para besarse en las puertas,
para ver cómo crecen los amigos y los amores regresan,
Navidad para celebrarnos,
para servirnos con intención verdadera,

esta Navidad que somos, aunque todo se derrumbe, aunque se nos caiga la escalera, aunque ya no haya musgo para el pesebre ni plástico para las ovejas, aunque los reyes no consigan pasaje, aunque la mula se vaya a hacer cola mientras el buey la espera, aunque el niño no tenga pañales y la Virgen no lo pueda dejar con la abuela, aunque los pastores no regresen porque el Consejo Comunal de Nazaret está en asamblea, aunque el portal no esté listo porque se atrasó la Misión Vivienda, aunque no vengan doctores al parto, ni terapistas cubanas ni graduadas de parturientas, aunque San José se vaya temprano mañana porque le toca el número de cédula, aunque la estrella de Belén no pase porque no tiene cómo aterrizar en Venezuela, aunque los camellos carguen leche, aceite y desodorantes para vender en la frontera, aunque cierren las puertas de Judea y militaricen hasta la leyenda, aunque no puedan bautizar al Niño Dios porque le falta una constancia, un timbre fiscal o el papel le salió con enmienda, aunque Melchor tenga que actualizar el RIF cada vez que entre en la escena, aunque el pesebre esté en crisis y Nicolás (el santo, ojo) no quepa por la puerta, aunque el arbolito esté pelado y solo haya papel y caramelos de piñata en las medias, aunque toda la inflación se le meta a los regalos y Herodes hable todos los días en cadena…

¡La Navidad tiene que estar buena!

Y en este primer diciembre juntos lo decretamos: Vamos a mudar este desagrado de casa, vamos a hacer de esta desazón una fiesta, de este desamparo un convite, un banquete, una Nochebienbuena. ¡Vengan, Variquicimetanos de pura cepa! Que todavía faltan 463 años para que el pesebre se nos encienda. No se adelanten ni se asusten: ahora es cuando vienen fiestas de cocuy, suero y aguapanela.

En este año glorioso de 1552 todo es alegría y la puerta está abierta. Que todo aquel que quiera pasar, venga. ¡Felices pascuas y feliz año 1553, parranderos segovianos! La mesa está servida y en esta Navidad ninguna tristeza va a ser en vano, así que brinden, bailen y ¡saquen esas hallacas del congelador que la Navidad llegó más temprano!

 *

[En una plaza –todavía menor– de Nueva Segovia de Variciquicimeto]

19 de noviembre de 1552

(Va con copia fiel al año 2015)

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