Somos los hijos (o Un adiós a los Millenials de Orilla)

Somos los hijos (o Un adiós a los Millenials de Orilla)

Voy por cuarta vez al Edificio Nacional a terminar un trámite. La cola es infernal. La gran mayoría son jóvenes, entre estudiantes universitarios y profesionales recién graduados. Por la dirección de la fila, noto que todos van al mismo sitio: la oficina de apostillado. Todos hablan de irse, todos quieren irse, todos (o solo algunos) presienten que ya no pueden irse. Y la idea se empecina: el país ya no existe: es una mortificación de la que hay que huir. En las conversaciones, al menos ese día, el país ya quedó atrás.

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Van tres horas de cola. El mismo tema va y viene. La palabra común: irse. Se huele en el aire, pero nadie lo registra: en este pasillo, lentamente y en cada palabra, se está fugando un país completo. Escucho la historia del amigo en Chile, en Buenos Aires, en Bogotá, en Miami. El mismo cuento, como si se tratara de un gran amigo colectivo que, en lugar de mudarse, se dispersó por las ciudades apetecibles del mundo: vente para acá, llegas a mi casa, te ayudo a conseguir un trabajo: conjuros de ese amigo universal que sostiene la diáspora de la juventud venezolana.

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De la Generación Y, que agrupa los nacidos entre 1980 y 2000, se podría desprender una subcategoría conformada por todos aquellos venezolanos que no han conocido otra cosa que el chavismo. Una especie de Millenials de Orilla que no recuerdan casi nada de El Caracazo, que vieron llegar a Chávez al poder en el 98 y que conocen por democracia un pandemónium de poderes y por prosperidad, la suerte botarata del petróleo. Se trata de los nacidos entre 1986 y 1998, puestos hoy ante la encrucijada más crítica: la del país perdido.

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Converso con una muchacha que está planeando irse para Chile. Me habla de su hijo pequeño, de sus padres, de sus abuelos, de la familia que irremediablemente va a dejar atrás. Su tristeza honda, disimulada tras un discurso de esperanza mecánica, me echa en cara algunas cosas: en nosotros, los jóvenes, está un país que se perdió, uno que apenas pudimos tocar, que cuando comenzábamos a hacerlo nuestro, lo arrebataron. En ellos, los niños, está un país que nunca ha existido, que no se sabe si vendrá. En aquellos, los viejos, el país está en un recuerdo. ¿Dónde, entonces, está el país? ¿Qué es lo que habitamos?

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Podemos estar viviendo biológicamente, corporalmente aquí, pero por dentro nadie se está quedando. El país no está en los planes ni en la palabra que se dice: Venezuela no está en el paisaje mental de los jóvenes ahora. Es duro, agrega la muchacha. Venezuela se convirtió en esa encrucijada del aguante, esa estación donde todos estamos esperando para partir. Y no sabemos cómo: si con un camión, un barco, un avión, un autobús, lo que sea. Los que están aquí es porque están esperando la salida o no han encontrado todavía cómo irse. El país se convirtió en un terminal, chamo.

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Sigo hablando con la muchacha. No le pregunto el nombre. Dejo que hable y su voz se confunde con cientos de frases similares que salen de todas las bocas. ¿Dónde estamos? ¿Cómo es que llegamos aquí? Son tantas las voces que lo dicen, incluso la mía, que aquello se convierte casi en consigna. ¿Quiénes somos? Quiénes…

Somos los hijos

#SomosLosHijos del país perdido, el de la esperanza asediada, del desafuero, del descontrol. Somos el país sin imagen, el país de la palabra deshonrada, oscura, absurda. Somos el país desaparecido, el país no recobrado.

#SomosLosHijos del país que no nos esperó, que nos vio crecer de espaldas, que le dio temor seguirnos sosteniendo.

#SomosLosHijos del país del nombre cambiado, del país desorden, del país opuesto a la luz. Somos los hijos inquietos, los testigos del desastre. Somos la generación del país angustia, el que nos quitaron antes de llegar.

#SomosLosHijos del país que se despertó tarde, el país que se fue, el país que nos desnudó y nos dejó en desamparo.

#SomosLosHijos del país de la brusquedad, el país arisco, el de la memoria expropiada. Somos los hijos del país que se cansó muy temprano de nosotros.

Nosotros los sin-tiempo, los que quedamos estacionados en una patria de historia balbuceante, nosotros los sin-futuro, nosotros los insistentes, nosotros los escandalosos en un país afásico.

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Antes de llegar mi turno, veo en la cartelera un afiche con la célebre foto de Chávez bajo la lluvia en el cierre de campaña de 2012. El papel está roto y todo el contorno del rostro del Comandante está arrancado. Mientras avanza la cola, el hueco se llena de caras distintas: una joven que se ríe de un chiste, otra que permanece en silencio meditativo, otro que se abraza al estuche del título como su última esperanza. Esa cara vacía de Chávez se me antojó de pronto muy parecida a la historia; como si ese contorno de papel llenado por caras extrañas fuera la imagen de un tiempo roto que pasó. Como si ahí, en medio del sudor y el bullicio, se abriera un hueco gigantesco en la memoria.

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La muchacha que se va a Chile desaparece sin despedirse. La conversación quedó inconclusa, pero no me preocupo demasiado: sé que puedo continuarla con cualquiera, con el próximo, con el que venga después. Y esto es inquietante. Hoy he visto muchas caras que quieren llevarse este olvido a otra parte; caras que nos recuerdan que el tiempo va muy rápido y la urgencia insiste en caernos encima.

Si tan solo tuvieran una certeza, así sea un mínimo respiro, devolverían el país a su sitio. Si pudieran, si el país les fuera un poco menos esquivo, se quedarían. ¿Dónde estamos? ¿Aquí, allá, más lejos? ¿Qué hacemos con todo esto? ¿Es aquí donde debe ir la insistencia?

Alguien perdido sale a buscar a alguien perdido, dijo Cadenas, y aquí todo sigue pareciendo tan extraño.

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@zakariaszafra

 

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