Una patria con aire acondicionado

Una patria con aire acondicionado

Hay malas noticias. En todas partes la cotidianidad nos arranca un poco de espacio. A veces es preferible desconocer, ignorar. Pero tal cosa es una farsa. No hay cortinas ni aire acondicionado para ensayar un aislamiento. La patria se nos instala en las espaldas. Y nos persigue.

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Se acerca el primero de una cuadrilla de dragones rojos (bolivarianos, chinos) que desde hace semanas anda deambulando por las calles. Son como reptiles sin rumbo, vagones en pena de una era poscuaternaria. Nadie los entiende. No son de la Alcaldía ni del gremio de transporte. Son un quiste del Gobierno Nacional en la vía pública.

Los dragones se llaman Transbarca y ahora yo voy en uno de ellos deseando que todo sea cierto. Que esta patria con aire acondicionado, música folklórica y videos turísticos no sea justamente eso, el turismo a una tierra ficticia. Una visita a un país maquillado y que no nos pertenece.

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Debo llegar rápido. Una pantallita roja le resta tiempo al anuncio de las rutas para proclamar las bondades de la Revolución. En tierra de Estados empresarios, cualquier pantalla es trinchera. Hasta los autobuses son cuerpos de propaganda. Ningún espacio basta para intoxicar la ciudad de mentiras.

Detrás de mí viene un montón de gente. No saben muy bien a dónde van, pero la gratuidad y la novelería son argumentos constantes. No importa que no entendamos. Aquí la pedagogía ciudadana es siempre a los golpes.

Qué brillante la adaptación del ciudadano. Qué noble.

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transbarcaPrimera parada. Está cruzando la calle un hombre inválido frente al Mercal de la Avenida Libertador. Tiene que clavarse las muletas en las axilas y empujar un saco de verduras con el pie para poder avanzar. Los carros no entienden y los que miran no pueden perder sus seis horas de cola. Cada quien está demasiado apresurado [o detenido] para detenerse aún más. El hombre triunfa, como muchas otras veces, y llega a la otra acera. Cada paso para él es un desafío y la indolencia del otro es un obstáculo. O mejor: un pan-suyo-de-cada-día.

Me compadezco, pero deberá esperar un próximo autobús. Este ya lo perdió.

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El chofer ya no grita. Ahora acciona un botón y una voz pregrabada le indica al usuario que “la unidad solo se detiene en las paradas identificadas”. Pero la voz pregrabada es tan pregrabada (y sorda) como todas las del Gobierno. No hay paradas identificadas. La primera es una intersección de dos calles, debajo de un aviso rayado con espray y un pedazo de acera lleno de polvo y basura. Donde debería haber una silla, está el cadáver de un rabipelado.

“Se le informa a los usuarios y usuarias…”

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[Memoria entre la tercera y la cuarta parada]. Paso tres días sin leche. Mala leche y mala suerte. Quiero pensar que mi alimentación es una cartilla de malos hábitos. Intento copiar el argumento del digno pueblo oficialista. No puedo. Dejo la harina, dejo el aceite, dejo la mantequilla, dejo la leche… Sustituyo. Me sustituyo por otro más tranquilo, más feliz.

[Mientras escribo esto se va la luz en mi casa. Ocasión perfecta para la ceguera, compatriotas sombríos. Necesario es vencer].

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Quinta parada. Hay trayectos en los que la ciudad pareciera tener otro peso. El aire empieza a hacerse más denso, más pesado. El dragón sigue cargando gente. Los usuarios tienen 50 minutos (no menos) de espera en la cara. Es imposible calcular el tiempo. Los retrasos ya me van hablando de la realidad. La descoordinación y el hacinamiento me hacen despertar muy rápido:

Las obras públicas son siempre un romance con poco futuro. Hablamos para quejarnos. Nuestra ciudadanía se ejerce en la queja y la añoranza. Y así nos tienen distraídos.

Dragón nuevo escupe bien.

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[Otra vez la memoria, hacia la sexta] El mecánico de mi carro me estafa. Me harto de esa chatarra que desde hace meses me obliga al viacrucis peatonal. Voy al periódico con una esperanza inútil, con una inestimable alegría de Perolito y Escarlata. Un carro usado cuesta lo que costaba un apartamento tipo estudio en abril de 2012. Hay camionetas, casas con piscina, gente que raspa cupos, negocios redondos. Pregunto por un Orinoco, el milagro automotriz (también chino) del gobierno, y una voz ahuevoneada y sardónica me responde “son 450 mil, compa”.

¿Cuántas patrias caben en la decencia?

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Divago. Intento un ejercicio de filosofía. Esta es una patria habitada a sobre precio. Un país de comisiones. Alcanzo una conclusión digna, pero vuelven los gritos y las nalgas hacinadas. El autobús se nos llenó de gente, de gente acalorada e inconforme. Viene la penúltima parada.

Todos los días sale un pendejo a la calle…

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Séptima. No quiero bajarme. No quiero que se acabe este país de mentira. Afuera está el hervidero de cuerpos, la gente cargando sacos de Mercal, el dólar a 50, los políticos artificiales, los presidentes extranjeros, los camaradas obcecados, la censura.

El Transbarca es una versión de prueba, una patria con aire acondicionado.

[Dato: una sola unidad puede cruzar la ciudad completa. Valga la oportunidad para hacer excursión intraurbana, al menos mientras dure].

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Última parada. Me bajo y lo observo. El dragón va a dar la vuelta y retornar a su ruta obstinada. La pantallita roja seguirá anunciando sus mismos mensajes, intentando convencernos de lo inexistente.

Creo que es una idea personal, pero lo veo en la cara de los otros. Como en muchas otras cosas, sentimos que la comodidad es un préstamo, que el bienestar es un sueño desahuciado. Sentimos que todo lo bueno tiene un final próximo, que todo lo que nos merecemos está destinado a agotarse.

¿Qué haremos cuando a la patria se le acabe el aire acondicionado?

Zakarías Zafra Fernández
@zakariaszafra

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