Zakarías Zafra https://zakariaszafra.com Escritor Sat, 16 May 2020 00:23:45 +0000 es hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.3.3 G: Gastronomía, Gueto, GPS https://zakariaszafra.com/g-gastronomia-gueto-gps/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=g-gastronomia-gueto-gps https://zakariaszafra.com/g-gastronomia-gueto-gps/#respond Sat, 16 May 2020 00:15:50 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2829 Una arepera en el exilio tiene una vocación de amalgama: junta, arropa, relaciona. No es el lugar, sino lo que ahí se despliega: la sensación de lo propio. La gastronomía es un recordatorio de la experiencia de tener un lugar. Ese poder de lo reconocible.

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Gastronomía. Unos amigos inauguraron hace poco una arepera. El día de su apertura intuimos lo que podría ocurrir después: convertirse en un lugar de encuentro de los emigrados. Una arepera en el exilio tiene una vocación de amalgama: junta, arropa, relaciona. No es el lugar, sino lo que ahí se despliega: la sensación de lo propio. La gastronomía es un recordatorio de la experiencia de tener un lugar. Ese poder de lo reconocible. Se come para sentirse parte de algo, para recordar de dónde uno viene. En esa operación digestiva hay un diálogo, una condensación de significados, muchas formas de placer que van más allá del hecho saciar el hambre. Se suspende de algún modo la amargura del exilio. Se deglute por segundos la distancia, la imposibilidad de volver. Todo parece servido a la fantasía. Todo cabe en un bocado.

Gueto. Un lugar y una mentalidad. Un aislamiento voluntario y una disposición inconsciente ante la dureza de emigrar. Los guetos existen y pueden estar también en el lenguaje, torpedeando la palabra más difícil del exilio: la asimilación. “Allá existía tal cosa”, “aquello era mejor que esto”, son los muros de un lugar impenetrable donde una falsa superioridad se regodea. Quizá salga a hacer mercado en la ciudad, comente cualquier cosa con los vecinos inmediatos, pero sigo anclado en una isla imaginaria que he construido para que los otros no invadan. Para replicar mi experiencia del origen, mi propia versión del origen. Algunas veces el gueto es real, físico, urbano. Otras veces es inmaterial, invisible. En ambas formas reluce lo mismo: una distancia infranqueable entre el extranjero y el residente. Sus prácticas no coinciden. Sus mundos, a riesgo de chocar, están separados por todas las barreras posibles.

GPS. Por un largo tiempo quise tatuarme las coordenadas de mi casa en el pecho. Pretendía convertir esos números en un código secreto, una llave mágica, un amuleto. Al final el diseño falló y no encontré algo que me gustara. En el ejercicio, sin embargo, quedó sellada la ubicación exacta de mi familia, de mi casa, de mis libros, de mis muertos, todos en una gran coordenada que escribo con solo ponerme la mano del lado izquierdo. Puedo ubicar con precisión el lugar donde murió mi padre, donde descansan las cenizas de mi abuela, donde mi abuelo lee con otros ojos el reverso de la tierra; sé dónde mis tíos, más viejos, me esperan. Mi sistema de posicionamiento global tiene una avería maravillosa: no distingue el mundo de los vivos del de los muertos. Los sitúa a todos en un mismo lugar que siempre está ahí, elástico, con un punto azul que me fija la ruta para no equivocar el regreso.

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F: Familia, Fiesta, Frontera, Fuga de Cerebros https://zakariaszafra.com/f-familia-fiesta-frontera-fuga-de-cerebros/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=f-familia-fiesta-frontera-fuga-de-cerebros https://zakariaszafra.com/f-familia-fiesta-frontera-fuga-de-cerebros/#respond Thu, 16 Apr 2020 00:07:00 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2826 El exilio recompone los parentescos. Fortalece nuevos vínculos sin los lazos de la sangre. Amistades que jamás se hubieran juntado en el país de origen, de pronto adquieren un sentido nuevo en el centro de la ajenidad. El desarraigo inventa otras raíces.

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Familia. El exilio recompone los parentescos. Fortalece nuevos vínculos sin los lazos de la sangre. Amistades que jamás se hubieran juntado en el país de origen, de pronto adquieren un sentido nuevo en el centro de la ajenidad. El desarraigo inventa otras raíces. En ese nuevo país que es el exilio hay también nuevas relaciones que no parecen sustitutas ni juegos de familiares postizos. La distancia hace lo propio con los que están lejos: algunos pasan al olvido, otros quedan en ese lugar estático, intocable, de la memoria. Los amigos son la familia funcional en el exilio. Son los productos de esa fábrica de nuevos significados que se enciende al emigrar. Por eso se me antoja pensarlos como un molde nuevo: cuerpos llenos de memorias por construir, hábitos comunes, simulaciones en la soledad.

Fiesta. No hice reuniones, no organicé despedidas de lugares ni de personas. Un “orden secreto”, propio de las cosas a punto de desprenderse, se encargó de eso. El lunes me despedí de dos viejos amigos que salían del país el mismo día que yo. También vi a mi papá, duro y estático como una calavera. A todos, “por casualidad”, los encontré ese día. Y era verdad: las despedidas tienen programas, ritmos, correspondencias. Piruetas ocultas. Mi cuerpo ido y el de ellos, los que se quedaban, comenzaban un baile. Una coreografía que aún hoy me persigue y me fascina.

Frontera. Una intuición de límites. No solo territoriales, sino corporales, lingüísticos, vivenciales. Pienso las fronteras bajo la idea de traspasos e hibridaciones. Un lugar que funde las puntas de lo que acaba y lo que inicia. Una frontera es un túnel espeso. Emigrar supone traspasarlo a ciegas, cumplir un itinerario donde todos los límites son burlados. La gran ruptura de los bordes. La disolución de las seguridades dentro de una zona de interpretaciones confusas, múltiples, contrastantes. Salir del país es vivir permanentemente en esa liminalidad donde los territorios, los cuerpos, las lenguas, son una zona de tránsito.

Fuga de cerebros. Una idea antigua que designaba la huida de personas capaces. La movilidad humana desde la perspectiva única del desangramiento: como si los más aptos fueran “propiedad” del país y se fugaran. Como si se tratara de un recurso natural que como el gas o el agua se escapa por las tuberías de la emigración. Jamás se pensó en la multilateralidad, en el derecho de las mentalidades a reproducirse de lado y lado, en la expansión de los límites de un país a través de sus diásporas profesionales, en esos otros retornos. La discusión puede encaminarse hacia un lugar más tentador: libre circulación de saberes, creadores transnacionales, intercambios, vaivenes.

Zakarías Zafra

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Ser migrante en la pandemia https://zakariaszafra.com/ser-migrante-en-la-pandemia/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=ser-migrante-en-la-pandemia https://zakariaszafra.com/ser-migrante-en-la-pandemia/#respond Sat, 11 Apr 2020 23:33:00 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2813 Tiemblan las economías familiares. Tiembla la mía. El “vivir al día” no es solo andar a riesgo de contagio, sino de que acabe todo todos los días. La cuarentena es un privilegio insostenible. En pandemia cuesta más ser inmigrante.

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Vivo en una de las calles más contaminadas del centro de la Ciudad de México. El smog de los autobuses, el solvente de los yonquis, los desechos orgánicos de los indigentes a la salida del metro, los gritos de los mariachis, las botellas rotas, las corrientes de aceite y jabón de los tianguis de comida, la polución visual –auditiva, olfativa– del sexoservicio de baja gama. Vivo en una zona que invoca el fin del mundo todos los días. Hay tapabocas, música desafinada y mucha hedentina. Cierro las persianas del cuarto para aislarme del ruido e intentar escribir este programa de catarsis. La emocionalidad colectiva está golpeada, el pánico no conoce social distancing, la crisis económica global se avecina como un huracán que nos va a coñacear a todos. Tiemblan las economías familiares. Tiembla la mía. El “vivir al día” no es solo andar a riesgo de contagio, sino de que acabe todo todos los días. La cuarentena es un privilegio insostenible. En pandemia cuesta más ser inmigrante.

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La respuesta ha sido el aislamiento social. Y dar libros gratis. Y asesorías gratis. Y actividades recreativas para los hogares estables. Para hacer “llevadera” la cuarentena. En esta pandemia se huye del padecimiento físico, pero también de las turbulencias en la psicología, en la renta y en la pax doméstica. Con muy pocas excepciones, el sustento del migrante se concentra en el autoempleo, la economía informal y el “laburo” ordinario. Trabajos sin seguridad social y vidas sin redes de apoyo. Puro esfuerzo en bruto y un echarle-bolas que es el mantra aprendido de los años en Venezuela. En eso está bueno ser lo que somos. “Venimos de una economía de guerra”, nos decimos mi esposa y yo cada vez que se cae un encargo que estaba seguro. “Podemos con esto”, repetimos para consolarnos cuando, del otro lado, nos dicen que no hay pago de honorarios mientras esto dure. Y trato de pensar cómo ser útil, cómo reproducir mi trabajo en esta contingencia, pero el fantasma del capital me espanta y el tiempo alcanza no más que para escribir esto.

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Imagino un mundo posviral con libertad para el home office. O mejor: libertad para hacer nada. Para vencer, por fin, la autoexplotación voluntaria que tanto ha señalado Byung-Chul Han. Hay que leer, ejercitarse, emprender, “reinventarse”, ordena a gritos el timeline de LinkedIn. Todo para no dejar de producir. Todo para no transmutar esa ansiedad de sentirse útil y rentable. Quiero conquistar el ocio, el derecho al ocio, il dolce far niente de las vidas más cómodas. Pero no puedo. Soy inmigrante. Soy extranjero en un país implacable. Y creí que el veinteveinte era mi año. Inocencia de recién llegado. O de insomne fastidiado de imaginar.

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Digerir la realidad trastornada, distópica, confusa. Todo se mueve, todo se elimina, todo vuelve a levantarse con formas nuevas. Ese fue el contrato del exilio: nadie salió con certezas. No había letras pequeñas. La incertidumbre estaba en todas las cláusulas. 2020 era un año de establecimiento. O eso parecía. Después de cuatro años de emigración sostenida se podía aspirar a otras cosas: trámites de ciudadanía, retornos al país con más facilidades que antes, primeros frutos de autoempleos y microempresas, alguna estabilidad –o ascenso– laboral. La pandemia es una señal de retroceso en esos planes. Luego de saber que la editorial con la que trabajo va a entrar en una suspensión temporal de operaciones, que los proyectos que traía van a tener que esperar indefinidamente, que si quería continuar mi formación académica ahora hay otras prioridades, mi optimismo se pone del lado más elemental de la historia: el recorte del presupuesto doméstico y el cuidado de mi hija, el único cable amoroso y migratorio con este país. Todo en contingencia se reduce a lo básico. Aceptar eso supone una resistencia quizá más perdurable. La única estrategia de aguante.

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Repensar la condición migrante. Pronunciar una vez más las palabras que arden: inestabilidad, transitoriedad, caducidad. Saber que estamos de paso, que somos extranjeros, que podemos perder el suelo otra vez. Es el estar migrante, que cambia y se reinicia lo que no deja de manifestarse acá. Tal vez, con todo este torbellino demográfico, sanitario, fronterizo, digital, es momento de preguntarnos cuál es nuestro lugar como inmigrantes en esa sociedad donde vivimos, qué ocupamos simbólicamente, qué aportamos –o no– a las dinámicas del país de acogida. ¿En verdad estamos asimilados? ¿Nos hemos sabido integrar? ¿O más bien entramos y salimos de nuestro aislamiento social como si fuera un hotel? ¿Qué es ser migrante en esta pandemia? ¿Cómo se sobrevive?

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Me refugio en mi condición límbica. Veo a México y Venezuela desde un balcón intermedio. Supongo que eso puede servirme de algo. No para tomar ventaja, pues estoy demasiado lejos del lugar donde se distribuyen las posiciones, pero quizá sí para separar patrones de determinismos, revisar prácticas sin tanto compromiso emocional, ponerme pragmático en el asunto que importa: sobrevivir. Ser migrante suele dar una perspectiva oblicua sobre el origen y el lugar de acogida. Ahí tal vez haya algo que ayude. Una nueva tabla para resistir la ola.

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Pienso en el cierre de fronteras, en la vigilancia digital, en la imposición de cuarentena a punta de pistola. Sé que no pertenezco a ninguna de esas escenas. Si algo está golpeando esta pandemia son los arraigos. Y con ellos, los nacionalismos, las pertenencias, las soberanías. Quizá me he alejado dos pasos más en mi voluntad de enraizar con México y tres, veinte más, en mi proceso de reconciliación con Venezuela. No quiero irme a Europa, ni a Asia ni a Estados Unidos. Ni en mil sueños contagiados regresaría a mi país, aun cuando tengo dos viejos con asma encerrados en lo que queda de mi casa. La patria se está reduciendo cada vez más a mi cuerpo y a mi memoria. Es un asunto práctico. Una apatridia por economía emocional. Vivo la interlocalidad como la única alternativa que me sana. Ser de todas partes y de ninguna. Y este virus de mierda me está dando la razón.

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No sé si cuando todo esto termine estaré viviendo en un mundo desgentrificado, globalcomunista, con un nuevo orden planetario y human friendly, o más bien en una aceleración del capitalismo, como han vaticinado algunos: sueldos más precarios, más deudas, más Walmarts, más aislamientos no remunerados. Han pasado horas desde que comencé este texto y la calle sucia del centro sigue ahí, ruidosa, superpoblada, hedionda. Abro la persiana y el caos no ha cambiado. El muy latinoamericano “aquí no está pasando nada” se muestra en su esplendor agobiante. Estamos todos tan tranquilos. Debería estar trabajando, en vez de empeñarme en desarmar estas cosas. Ser más productivo. Ganar más. 

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“Saldremos de esto”, dice la motivación en pánico. Los coaches sabrán darle el giro y convertir el desastre en paquete de consultoría. O en terapia online de grupo. O en ejercicio descargable de autoayuda. El COVID-19, con o sin síntomas, me vuelve a recordar que como migrantes solo se puede estar preparados para una cosa: hacer del limbo una forma de vida. El limbo: esa patria invisible donde hacemos cuarentena mientras el mundo se acomoda.

Zakarías Zafra


Publicado originalmente en la revista Cinco8. Foto: Composición de Sofía Jaimes Barreto

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Rituales del contagio https://zakariaszafra.com/rituales-del-contagio/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=rituales-del-contagio https://zakariaszafra.com/rituales-del-contagio/#respond Wed, 25 Mar 2020 23:28:00 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2809 Llegó el coronavirus a la ciudad de la polución. Al destino turístico del very unhealthy air. Al valle de la eterna contingencia ambiental, donde los tubos de escape son vigilados por la policía y hay que respirar por la boca entre tanta cloaca y cannabis y solvente y carnitas. El horizonte de los mil estímulos. La ciudad incontagiable.

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Llegó el coronavirus a la ciudad de la polución. Al destino turístico del very unhealthy air. Al valle de la eterna contingencia ambiental, donde los tubos de escape son vigilados por la policía y hay que respirar por la boca entre tanta cloaca y cannabis y solvente y carnitas. El horizonte de los mil estímulos. La ciudad incontagiable. La de los adictos al chapstick y a los lavados nasales con sal marina. Esta versión de Tenochtitlán resiste mejor a la pandemia. Chilangos y extranjeros: no hay cuerpo que no esté entrenado a la lengua áspera y sucia de la CDMX.

Wuhan/San Juan. Demasiada empresa, demasiada chamba, demasiada precariedad industrializada en esta megalópolis que no se para. La China de América, podría tallarse en piedra con orgullo. La misma locura superpoblada de la tierra de las epidemias. En el centro de México, en los pasillos del mercado San Juan, hay alacranes, caracoles de tierra, carne de león, de búfalo, de cocodrilo, de avestruz, cortes de todo lo que se mueva y chille. El efecto mariposa también aplica en esta orilla del Pacífico: una sopa de murciélago puede provocar una catástrofe mundial.

Monsiváis. «México es la ciudad donde lo invivible tiene sus compensaciones, la primera de ellas el nuevo status de la sobrevivencia». Los rituales del caos, 1995.

Coronita beer-us, la chelita mágica, la inyección contra la precariedad de los horarios y la injusticia de los tabuladores de sueldo. Si el coronavirus me da unos dos días de home office me doy por servido. El teletrabajo no está en las prestaciones de ley. La interrogante en México no es cómo hacer llevadero el encierro, sino cómo lograr que me lo paguen. Me pueden mandar a casa, sí, pero con una recesión de bolsillo. Si es verdad que el alcohol sanitiza, de salida de la ofi me voy a la chupa y al desmadre. Mi terapia. Mi cuarentena interior. Sírvase una chela y un mezcal para los efectos secundarios, que para la cuarentena del desempleo nadie está preparado.

SRAS. Síndrome respiratorio agudo severo. En el valle ahogado de humo amarillento, con su cielo sin estrellas y sin nubes, ceñido por una franja –una corona, digamos– de todas las mugres de la especie, todos andan cubiertos. El tapabocas es el starter pack de la vida en el Distrito Federal. Eso y la tarjeta integrada de movilidad para desplazarte de un hacinamiento a otro en unos vagones que no se paran con una gente que no se para y que no puede pararse porque lo expulsan de la nómina. Hace un año, cuando una contingencia ambiental cabrona ahogó a la Ciudad de México por varios días, se sugirió no salir. Nada grave, dijimos, y los pulmones siguieron ahogados y la carraspera siguió cambiando las voces y las mucosidades con sangre invadieron las salas de juntas. Porque hay que ganarse la vida, we. Es «el laboratorio de extinción de las especies», para hacerle otro guiño a Monsiváis.

Síntomas –o síntomas después de una jornada laboral en la ciudad contaminada–: Fiebre, cansancio, tos seca. Todo el día todos los días. Lávate las manos mientras cantas Cuando calienta el sol e imaginas al Astro Rey de Acapulco reflejándose en el antibacterial de la taquería. Siéntete precario, saciado, enchilado, feliz.

Caparrós. «México es la ciudad por excelencia, y una ciudad es materia desbocada, energía en movimiento incontenible, multitudes que se mueven, máquinas que se mueven, dineros que se mueven, afanes, apetitos, espantos que se mueven para nada, para poder seguir moviéndose». México, la ciudad desbocada, 2019.

COVID-19. En las megalópolis se conoce poco a los vecinos y cada casa es una tribu que se protege de algún contagio: un saludo muy cerca, una pregunta incómoda, una convocatoria a asamblea de condóminos o algo más insoportable: un favor. Tengo un grupo de WhatsApp en la residencia donde se debaten los asuntos comunitarios. Hay una asamblea cada dos meses y cada dos meses nos preguntamos los nombres de nuevo. El resto de los días tememos, peleamos por las facturas, lanzamos algún sarcasmo dirigido en el timeline del chat. En la vida real todos van encima, al lado, en fila india y sin hablarse. Sin hablarnos, no vaya a ser que tu saliva se junte con la mía en las partículas de aire y nos contagiemos como pendejos. ¿No es esa la modernidad globalizada? En mi ventana la aldea global se quema, una mujer estornuda y yo me escondo. Apago el teléfono, me salgo del pinche grupo de WhatsApp: vivo mi cuarentena.

Gotículas del miedo. La paranoia se propaga a la velocidad de una partícula de baba. Lombardía es Ecatepec, Madrid está tan sola como Teotihuacán y Wuhan está en la estación Balderas. El presidente dice que esto se cura con besos y abrazos. La irresponsabilidad es una forma de protegerse, decimos nosotros. Nunca pasó. Jamás se le vio la cara al pánico. Se confirmaron 2, 3, 10, casos, ya ocurrió la primera muerte. Somos fuerzas morales, no de contagio, dirán ahora los comunicados oficiales junto con sus dispensadores oficiales de jabón. Si llega el virus, pues que nos encuentre contagiados.

Proxémica antibacterial. Si hay que mantener distancia de metro y medio, como dicen los expertos, es mejor mudarse de la Ciudad de México o #QuedarseEnCasa y arriesgarlo todo. Es una operación imposible en el paisaje de la demasiada gente. Ahora, si a ver vamos, el social distancing es la práctica diaria en la jungla capitalina. Podemos estar a pocos centímetros, pero a siglos de distancia. No somos pares. No puedo juntarme contigo. ¿Y si te alejas tantito?

Valle Mascarilla. Puedo presentir que la Ciudad de México está cerca porque empiezo a sangrar, a moquear, a rascarme la garganta. Si tiene tos y dificultad para respirar, busque ayuda médica o quédese en casa, manda la OMS. Puedo quedarme en casa, sí, pero seguiré moqueando. Y aunque salga seguiré en cuarentena. Pasará el coronavirus y seguiré viendo a todos con sus tapabocas. Si la contaminación fuera un método de control, México sería el paraíso del biopoder. La cuarentena, lo confieso, no me toma desprevenido: ya vivía en el sedentarismo social al que esta ciudad me obliga. Ya sea al censo o al virus –lo que llegue primero– le diré mi verdad como si estuviera entonando un corrido contagioso: a mí esto ya me traía aislado.

Zakarías Zafra


Publicado originalmente en Literal Magazine.

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E: Edén, Endofobia, Éxodo, Extranjero https://zakariaszafra.com/e-eden-endofobia-exodo-extranjero/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=e-eden-endofobia-exodo-extranjero https://zakariaszafra.com/e-eden-endofobia-exodo-extranjero/#respond Mon, 16 Mar 2020 00:00:00 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2823 Somos los expulsados de un falso paraíso. Emigrados de una burbuja de privilegios artificiales que nos explotó en la cara. El Edén de la riqueza inventada, de la belleza más bella del mundo, de la guapura, de la guapetonería. Un vergel con dientes que vomitó a cuantos pudo y cerró la boca con gente adentro.

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Edén. Somos los expulsados de un falso paraíso. Emigrados de una burbuja de privilegios artificiales que nos explotó en la cara. El Edén de la riqueza inventada, de la belleza más bella del mundo, de la guapura, de la guapetonería. Un vergel con dientes que vomitó a cuantos pudo y cerró la boca con gente adentro. De ese paraíso mortífero salimos, lengua bífida con camino de rosas, infierno caribe, infierno de sabrosura. Nuestro país era el oasis maquillado, la sucursal del cielo de utilería en la tierra. Pero la clausuraron. No pudo sostener más su trampa de despilfarro. Ahora hay monte y culebras caníbales, tiniebla programada por horarios, nueve –o más– círculos bajo tierra de minería ilegal y millones de exiliados, culpables, sin paraíso. 

Endofobia. La vergüenza por los compatriotas. El desagrado que provoca reconocer la propia falta en ellos. Hay en ese rechazo una pregunta obvia: ¿es al otro lo que detesto o lo que (me) representa? Si el miedo por lo diferente es la médula de la xenofobia, aquí es el terror por lo igual. Ese “venimos del mismo sitio” que puede resultar espantoso. Compartir las taras, verlas revolotear en “el extranjero”, pensar que estábamos a salvo de esos polvos alérgicos. Se puede tener miedo al paisano. Se puede no practicar la solidaridad automática. Se puede no ser afín. Y seguir siendo. 

Éxodo. Cruzar el atlántico en avión, la selva amazónica con los pies, la cordillera de los Andes en autobuses, el Caribe en balsas. Instrumentos, formas de salida masiva. Un emigrado es un emigrado. Dos, tres, cinco millones es un éxodo. Salida imparable, abandono de la tierra en desbandada. El país se desangra por los cuatro costados y al mismo tiempo se reacomoda. Una hemorragia de cinco millones de historias, de vidas, de ideas y de voluntades que irán a dar a otra parte. Un éxodo es un aborto multitudinario. 

Extranjero. Una condición que puede mudar matices. Aparte del extrañamiento y la ajenidad, la condición de extranjería tiene en sí misma el valor del descubrimiento, de la curiosidad, de lo no servido. El extranjero es un malabar de perspectivas: puede verlo todo con la complejidad de un caleidoscopio. La mirada foránea suele ser más rica en contrastes porque está apartada de los patrones. Es un ojo distante, libre, que escruta detrás de unos binoculares. En ese sentido, la extranjería no es un estatus de desprovisión, sino de secreta autonomía. Una soberanía sin territorio ni deudas simbólicas. Un andar sin ataduras. 

Zakarías Zafra

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Desertores del patriarcado https://zakariaszafra.com/desertores-del-patriarcado/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=desertores-del-patriarcado https://zakariaszafra.com/desertores-del-patriarcado/#respond Tue, 25 Feb 2020 23:17:00 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2805 La atrocidad descomunal de los feminicidios, la expansión de la ola feminista y el anuncio del paro nacional #UnDíaSinMujeres el próximo 9 de marzo, han hecho saltar, entre muchas, una pregunta incómoda: ¿Qué hacemos los varones? ¿Proclamar apoyo o acompañar desde el silencio? ¿Aislarnos por un día o movilizarnos como hombres deconstruidos?

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La atrocidad descomunal de los feminicidios, la expansión de la ola feminista y el anuncio del paro nacional #UnDíaSinMujeres el próximo 9 de marzo, han hecho saltar, entre muchas, una pregunta incómoda: ¿Qué hacemos los varones? ¿Proclamar apoyo o acompañar desde el silencio? ¿Aislarnos por un día o movilizarnos como hombres deconstruidos? Si la reacción en el campo masculino suele dispararse desde la necesidad de hacerse sentir, cabe interrogarse si es indispensable, oportuno o en todo caso útil hacer algo. Lo políticamente correcto tiene un atajo y una rara avis: el hombre feminista. El relato del héroe promujeres, menteabierta y detox.

Hace falta un cartel que diga: no existe el hombre feminista. La etiqueta es un oxímoron y un derivado de lo que Silvia Federici llama feminismo de Estado, esa voz institucional, retórica, que no interpela los arreglos de poder en la vida cotidiana, pero defiende las igualdades en los entornos de producción del capital. Aunque force el lenguaje, el varón no puede pertenecer a la lucha feminista. Y la razón parte de un examen embarazoso: si conocemos una sola masculinidad por dictado, si nos cuesta tanto entrar en relación con otras maneras de ser hombres, ¿qué nos hace pensar que el universo femenino está al alcance? Hay una suposición arrogante en esto: creer que podemos conocer el origen de todas las luchas y entender las complejidades de ser mujer en todos los contextos. Autoproclamarse hombre feminista apresura otra demostración de poder en el fondo: yo decido lo que es el feminismo, mientras la conversación en torno al problema de lo masculino queda aplazada.

Lo que la frase “El Estado opresor es un macho violador” dejó al descubierto no es que el Estado está ocupado por hombres falomaníacos, sino que las instituciones, los medios, las corporaciones, en fin, todos los lugares desde donde emana el poder, son espacios de programación de un gran dispositivo de violencia: el patriarcado. Para criticar esto, en lugar de marchar al lado de las mujeres, habría que instalarse en la médula de la propia experiencia como varones y buscar perspectivas. Releer los entornos domésticos, laborales, escolares, culturales, íntimos en los cuales nos desenvolvemos. Es ahí donde surge no una declaración política –“soy hombre feminista”–, sino una respuesta micropolítica: “soy desertor del patriarcado”.

El ejercicio pasa por dudar. Desertar del patriarcado es una forma de poner en evidencia ese enorme sistema de prácticas, ideas y representaciones que nos han dictado la forma de ser hombres y de apropiarnos de lo femenino, cualquiera sea su encarnación. Porque la arremetida patriarcal es contra las mujeres, sí, pero también contra lo entendido histórica y actualmente como femenino: lo vulnerable, lo débil, lo apropiable. La salida, por supuesto, no es fácil y conduce a una sanción social muy irritante. Los desertores son los cobardes de la partida, los descarrilados, los que no tienen la razón. Los demás, alineados a la fuerza, a la temeridad, al dueñismo y a la posesión, los acusarán de débiles, feminizados y, claro está, mujercitas. Los desertores no merecen la grandeza de la historia: son los prescindibles. Los putos de la jerarquía.

La huida, quizá, comenzaría por revisar los proyectos ideológicos que predeterminan la masculinidad según un lente dominante. Someter la cotidianidad a una revisión y empezar por remodelar la intimidad masculina. Si la lógica dice que no todos los hombres son violentos, la realidad impone otra cosa: todos estamos expuestos a esas microviolencias que se cuelan en los hábitos de forma invisible y nos acercan al riesgo de convertirnos o en artefactos del daño o en cómplices normalizadores. Entre varones, entre familias, en las mínimas escalas de la producción y reproducción de la vida, entre ciudadanos después, debe darse una conversación que extraiga nuevos relatos individuales y colectivos. No solo que advierta, sino que sane. Se trata, en fin, de plantear una negociación: un acto micropolítico desde el centro de la experiencia masculina.

Debería salir otro cartel que diga: es inconveniente situarse en la primera fila de una lucha que no nos pertenece. Es un contrasentido, además. Suficiente trabajo hay en escapar de la ansiedad del pantalón poderoso. En situarse del otro lado del privilegio y ser capaz de la autocrítica en lugar del mea culpa chantajista, del diálogo afectuoso y no del pulso machistoide de la fuerza, de la pedagogía mutua en vez de la vigilancia. De todo eso que el patriarca, con su aliento caliente e invisible, nos ha dicho que es mariconería.

Zakarías Zafra


Publicado originalmente en la revista Literal Magazine.

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D: Diáspora, Desarraigo, Desplazamiento, Domicilio https://zakariaszafra.com/d-diaspora-desarraigo-desplazamiento-domicilio/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=d-diaspora-desarraigo-desplazamiento-domicilio https://zakariaszafra.com/d-diaspora-desarraigo-desplazamiento-domicilio/#respond Sat, 15 Feb 2020 23:53:00 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=2818 Diáspora. Escribe Catherine Wihtol: “hoy se habla de diáspora cuando un grupo étnico o de una misma nacionalidad se han disgregado entre varios países de destino aunque sigan manteniendo un fuerte sentimiento comunitario”. Cientos de ciudades, millones de historias y un sinfín de lenguas y culturas en roce. Un solo territorio simbólico, una misma conciencia y una memoria común que la atraviesa.

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Diáspora. Escribe Catherine Wihtol: “hoy se habla de diáspora cuando un grupo étnico o de una misma nacionalidad se han disgregado entre varios países de destino aunque sigan manteniendo un fuerte sentimiento comunitario”. Cientos de ciudades, millones de historias y un sinfín de lenguas y culturas en roce. Un solo territorio simbólico, una misma conciencia y una memoria común que la atraviesa. La diáspora venezolana, un nombre que parece de artificio, es un telar sostenido por cinco millones de personas. País dispersado/país ampliado. ¿El resultado de una fractura o el inicio de otra amalgama? ¿La spora echada sobre suelo infértil o un simiente de fecundidad extraña? ¿Por dónde atajarla? ¿Cuántos países somos? ¿De cuántos países venimos?

Desarraigo. Paradójicamente, la Alta traición de José Emilio Pacheco es un himno: No amo mi patria. / Su fulgor abstracto es inasible. Canción dulce a los oídos de los emigrados. El odio a lo propio también es lícito. Todos, en algún momento, hemos sentido el país como tragedia. No amo mi patria. La detesto. O más bien la resiento porque no pude conocerla bien, porque me la arrebataron, porque es la síntesis de todas las pérdidas. Maldito fulgor abstracto que encandiló todo lo que amaba. Puedo sentir ese odio. Quiero sentirlo. Mutilar esta raíz, al menos como ejercicio. Hundir esa patria y sacar otra. Olvidarla, desaparecerla de una vez por todas. Sí, “aunque suene mal”, como el poema. 

Desplazamiento. Los cuerpos se mueven, pero la trastienda se desplaza. Cambia de sitio, toma forma de mirada estrábica mientras se acomoda. Se trastocan las creencias, las ideas, las certezas, los símbolos. El exilio es eso: un desplazamiento violento, inesperado. Mucho se cae y mucho permanece, pero todo termina trasladado a otro campo. El emigrado, de pronto, viene a buscar algo que había dejado inmóvil y se encuentra un vacío o una forma confusa en proceso de arreglo. Es la mirada y es el objeto. Es el mareo y es lo real: todo ha mudado su sitio. 

Domicilio. El país de acogida es también un espacio en renta. La estancia ahí es provisional, perecedera. El domicilio, suponemos, es el lugar donde se produce la cotidianidad. Una ubicación en el mapa de la vida civil y urbana. Es un punto donde uno está, aunque no sea propiamente de donde se es. Siempre se me antoja decir que mi casa, la de mis abuelos, es mi patria. Contradigo por hoy a Cioran: no es mi lengua, sino el lugar donde albergo mis mejores recuerdos. Hoy, donde duermen mi hija y mi esposa, vivo. Esa es mi casa ahora. Aunque también tenga un domicilio fiscal para pagar impuestos. 

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El vecino incómodo https://zakariaszafra.com/el-vecino-incomodo/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=el-vecino-incomodo https://zakariaszafra.com/el-vecino-incomodo/#respond Sat, 25 Jan 2020 16:19:53 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=1853 América Latina entra a 2020 con un conflicto no resuelto: el éxodo masivo de venezolanos. De darse el pronóstico de ACNUR, habrá 6,5 millones de migrantes venezolanos al término de este año y al menos un 70% de ellos se concentrará en Latinoamérica. Venezuela, el país que hasta hace poco simulaba la prosperidad más grande entre sus vecinos, cumpliría la profecía que dejaba perplejos a todos hace un par de años: convertirse en la «Siria de América». Lo que primero fue una migración sectorizada e identificable por oleadas, a partir de 2017 tomó forma de estampida. Las primeras cifras dieron

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América Latina entra a 2020 con un conflicto no resuelto: el éxodo masivo de venezolanos. De darse el pronóstico de ACNUR, habrá 6,5 millones de migrantes venezolanos al término de este año y al menos un 70% de ellos se concentrará en Latinoamérica. Venezuela, el país que hasta hace poco simulaba la prosperidad más grande entre sus vecinos, cumpliría la profecía que dejaba perplejos a todos hace un par de años: convertirse en la «Siria de América».

Lo que primero fue una migración sectorizada e identificable por oleadas, a partir de 2017 tomó forma de estampida. Las primeras cifras dieron cuenta de un desangramiento poblacional sin precedentes en la historia de América Latina: cinco mil personas por día se fueron de Venezuela. Un ritmo tan acelerado de emigración supondría una alarma para cualquier lugar del mundo: en 28 días desaparecería Cádiz. En tres meses, Atlanta o Veracruz. En medio año, Washington, Ámsterdam o Estocolmo enteras. Caravanas por los páramos de los Andes, pasos por la selva amazónica, naufragios en el Caribe, cientos de migrantes varados entre fronteras cerradas: Venezuela ha entrado a la fuerza a los grandes relatos migratorios del siglo XXI. Un informe de la OEA develó meses atrás una comparación dramática: cuatro millones de personas han dejado Irak desde 1990. La misma cantidad ha abandonado Venezuela en solo cuatro años, sin una guerra declarada, sin una catástrofe natural.

Lo impensable ahora es innegable: Haití, el triángulo norte de Centroamérica y Venezuela son piezas de la misma sacudida migratoria de la región. La crisis venezolana, aunque aparece en el mismo radar mundial que la emergencia de refugiados en Myanmar y Sudán del Sur, los desplazamientos masivos de personas en la República Democrática del Congo y Yemen, está muy lejos de recibir una respuesta global apropiada a su magnitud y sus consecuencias ya visibles para la región. No es un ejercicio de comparación ociosa –y por demás inapropiada–, sino el recordatorio de una alerta: millones de personas se están desplazando en un continente con dificultades cada vez más graves para recibirlos.

Con Colombia, Perú y Ecuador a la cabeza de los principales destinos de migrantes venezolanos, el conflicto creció en aristas en 2019. Junto con enormes esfuerzos institucionales, salieron a flote problemas inevitables de las migraciones masivas: tensión en lugares con poca tradición de inmigración y capacidades limitadas para recibir a tantas personas en condiciones de precariedad, colapso de servicios públicos en ciudades fronterizas, brotes de xenofobia y criminalización, obstáculos en las negociaciones culturales entre inmigrantes y anfitriones, y la manifestación de una verdad quizá oculta detrás de la retórica latinoamericanista: la “hermandad continental” no es un tratado suscrito ni una obligación de las nacionalidades que ocupan un territorio y un historia en común.

El endurecimiento de controles migratorios en Chile y Panamá, países que recién cierran las puertas como República Dominicana, el levantamiento de muros invisibles en México, son otros marcos de este gran cuadro problemático que pareciera confirmar la máxima del imaginario de la seguridad nacional: no molestan los extranjeros, sino los migrantes. Y si son muchos, mucho más.

Sería injusto y por demás soberbio dejar a un lado las manifestaciones de solidaridad y los esfuerzos reales de atención y ayuda, desde las políticas públicas y las iniciativas privadas, que se han dado en los países ya mencionados y en otros con una carga importante de migrantes venezolanos, como Brasil y Argentina. La migración masiva también ha creado formas de encuentro, transferencias, impregnaciones culturales de lado y lado. Aunque el tiempo aún es corto para adivinar el alcance de estos cruces, algo difícilmente puede ser negado: el éxodo ha reinsertado a Venezuela en el mapa latinoamericano con una cara muy distinta a la del petróleo y la belleza. La región, ahora, tiene frente a sí el nuevo rostro de un vecino incómodo.

La migración venezolana ya no es un síntoma, sino la manifestación del colapso de un país que, aunque algunas narrativas sesgadas se han empeñado en invisibilizar, afecta el equilibrio demográfico, político, social, económico del continente. Un año que abre con 4,7 millones de emigrados venezolanos demanda mucho más que atención mediática. Si los refugiados, migrantes e indocumentados son hoy elementos centrales en un planeta con más de 70 millones de personas obligadas a desplazarse, la crisis migratoria venezolana sitúa a América Latina en un lugar que parecía distópico hace una década y que ahora confirma que nada en el mundo le es ajeno.


 

Imagen: Fotografía de la exposición Migrar es tocar tierra de Edu León.

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C: Centro de detención, Cimientos, Ciudadanía https://zakariaszafra.com/c-centro-de-detencion-cimientos-ciudadania-cuerpo-migrante/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=c-centro-de-detencion-cimientos-ciudadania-cuerpo-migrante https://zakariaszafra.com/c-centro-de-detencion-cimientos-ciudadania-cuerpo-migrante/#respond Fri, 27 Dec 2019 17:52:40 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=1845 C   Centro de detención. Sesenta venezolanos comparten una habitación oscura con africanos y centroamericanos. Son vigilados, aislados del mundo, inmovilizados sin razón aparente. Llegaron ahí por alguna sospecha del oficial de migración. Algunos, cuando se hacen inmanejables, son liberados o deportados a los días; otros sufren extorsiones, retrasos, vejámenes, antes de alcanzar el mismo final que los primeros. Más que retenes, son especies de purgatorios hacia la “legalidad”. Prisiones disfrazadas donde los migrantes pagan su condena: no cumplir con el perfil de ingreso al país. No son estancias correctivas: son filtros de indeseables.   Cimientos. Emigrar pone a prueba

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Centro de detención. Sesenta venezolanos comparten una habitación oscura con africanos y centroamericanos. Son vigilados, aislados del mundo, inmovilizados sin razón aparente. Llegaron ahí por alguna sospecha del oficial de migración. Algunos, cuando se hacen inmanejables, son liberados o deportados a los días; otros sufren extorsiones, retrasos, vejámenes, antes de alcanzar el mismo final que los primeros. Más que retenes, son especies de purgatorios hacia la “legalidad”. Prisiones disfrazadas donde los migrantes pagan su condena: no cumplir con el perfil de ingreso al país. No son estancias correctivas: son filtros de indeseables.

 

Cimientos. Emigrar pone a prueba el origen. Remueve las bases de aquello que traíamos como cierto. Invita, también, a reponer las piezas de esa construcción que, en una rarísima comodidad, nos daba sustento. Emigrar es una sacudida. ¿Qué queda en pie y qué se derrumba irremediablemente? ¿Cuáles cimientos eran reales y cuáles otros pura imitación? Irse del país es escrutar sus bases. Descubrir patrones, desarmar, derrumbar. No hay alarmas ni protocolos de contingencia: el país tiembla debajo de los emigrados.

 

Ciudadanía. Ejercida, inventada, perdida, recuperada. ¿De dónde soy ciudadano? ¿Del país que me expulsó o de este otro que, todavía, no me concede su gracia? Veintiocho años de vida cívica parecen desvanecerse ante tres o cuatro de residencia permanente. Empiezo de cero otra vez, con cédula de invisible. Mientras no tenga acceso a la zona restringida, puedo dividirme en dos: en México ejerzo mi civilidad, mientras ni filiación cultural permanece en Venezuela. Creo en las identidades múltiples y en las ciudadanías simultáneas. Tal vez soy el peregrini sine civitate romano. O tal vez me pase lo que a otros emigrados venezolanos cuando, al decirnos paisanos, sabemos que nos engañamos, pues no tenemos país.

 

Cuerpo migrante: ¿El cuerpo es presencia?, pregunto a veces. Me miro aquí, volteo hacia el que era y me imagino, hoy, rondando por mi casa anterior. ¿Guardarán mi espacio? ¿Cómo se llena mi habitación ahora? ¿Cada cuánto suena el piano de la sala? ¿Quién entra y quién sale de ahí? Me veo como una materia hecha de memoria. Yo soy un cuerpo aquí, pero también soy esa construcción artificial que está en la mesa de mis padres, en esa ágora lejana donde soy mirado, sujetado, recordado bajo esa forma evanescente que toman los que están lejos.


Publicado originalmente en el Papel Literario del Diario El Nacional. Puedes leer las entregas anteriores aquí.

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México Great Again: el muro invisible de los migrantes https://zakariaszafra.com/mexico-great-again-el-muro-invisible-de-los-migrantes/?utm_source=rss&utm_medium=rss&utm_campaign=mexico-great-again-el-muro-invisible-de-los-migrantes https://zakariaszafra.com/mexico-great-again-el-muro-invisible-de-los-migrantes/#respond Fri, 27 Dec 2019 17:18:04 +0000 https://zakariaszafra.com/?p=1834 Ya no es la plaga que viene a robar los trabajos y a contaminar visualmente las ciudades. Tampoco las langostas que devoran las ayudas públicas, colapsan los servicios de salud y se convierten en cargas insoportables para el Estado. En el guión de hoy, los migrantes representan algo peor: son los enemigos de la construcción de la paz diplomática entre México y Estados Unidos. Las fronteras, más impenetrables que de costumbre, ahora están protegidas por la Guardia Nacional y por la lealtad ciega a la Cuarta Transformación. El dictado, sin embargo, no salió del Palacio Nacional. Ha salido primero desde

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Ya no es la plaga que viene a robar los trabajos y a contaminar visualmente las ciudades. Tampoco las langostas que devoran las ayudas públicas, colapsan los servicios de salud y se convierten en cargas insoportables para el Estado. En el guión de hoy, los migrantes representan algo peor: son los enemigos de la construcción de la paz diplomática entre México y Estados Unidos. Las fronteras, más impenetrables que de costumbre, ahora están protegidas por la Guardia Nacional y por la lealtad ciega a la Cuarta Transformación. El dictado, sin embargo, no salió del Palacio Nacional. Ha salido primero desde el albergue del poder: la Casa Blanca.

«La prioridad es México», dijo un irreconocible Alejandro Solalinde. Para el que ha sido el protector indiscutible de los transmigrantes que cruzan el territorio mexicano, «la nueva independencia» que lidera López Obrador importa más que los extranjeros. Las cosas cambian, «la vida cambia», ha dicho. Sus declaraciones de devoción política, si bien no echa por tierra sus años de trabajo al servicio de los desprotegidos del camino, sí pone a tambalear su coherencia con una rapidez difícil de atajar. Los que no importaban a nadie ahora le importan a uno menos: su principal defensor. La ironía duele de decirla: El rostro de Jesús está en los migrantes, sí, pero del otro lado de la frontera.

Las amenazas arancelarias contra México y la firma del acuerdo de Tercer País Seguro por la fuerza con Guatemala, dan cuenta de un nuevo fenómeno: la reinvención de las fronteras. Trump, por medio de la intimidación económica, ha convertido los territorios de sus vecinos en gigantescos centros de detención. Y esa es la estrategia que mejor le ha servido: construir muros invisibles con los recursos de otros y que la desesperación de los miles de rehenes fronterizos termine por llevarlos a cualquiera de los dos abismos: la deportación o un trámite infinito de asilo en un país incapaz de concederlo. Si la postura de Estados Unidos es de egoístas (cuiden mis fronteras), la de los países vecinos es de carceleros (ciérrenles el paso). Y la misión parece la misma: no hacer enojar al gigante del norte. La America Great Again sin inmigrantes, sin rostros oscuros, sin cuerpos apestados, ha logrado círculos de protección transnacional. Y su principal aliado es México.

Lo que resulta curioso —y las palabras de Solalinde son sintomáticas de esto— es que la arremetida nacionalista de Trump transfiere una urgencia patriótica a los amenazados: hay que poner los intereses del país por encima de todo. México para los mexicanos, Estados Unidos para los estadounidenses: un levantamiento de barricadas que impidan el paso del «ejército de los nadie», como los llamó Óscar Martínez. Ellos no son parte de la grandeza de las naciones: son desperdicios de la maquinaria de la desigualdad. Estorban, contaminan. Y la solución que está andando no es desarmar la máquina, sino redistribuir sus desechos.

George Steiner llamaba a las fronteras «la estulticia delimitada con alambres». Una descripción exacta para la mano dura de Trump y AMLO, quienes a la par que evitan una debacle económica, fortalecen las bases de una crisis humanitaria regional: campos de refugiados no declarados, ciudades babélicas atestadas de centroamericanos, caribeños y africanos empujando el muro invisible hasta el límite, nuevas franquicias del crimen organizado, retenes en los aeropuertos, más prostitución, explotación infantil y trabajo forzado, y una tensión creciente entre los vecinos, quienes deberán repartirse el desastre de miles de migrantes sin salida. El único objetivo: no dejarlos seguir hacia Estados Unidos. Que no toquen la meca del insomnio americano. Que no molesten al Gran Deportador.

La espalda del padre Solalinde lleva una inscripción a fuego: los migrantes no son bienvenidos a la nueva transformación del país. Lo simbólico: se ha perdido una voz extraordinaria y poderosa para los derechos humanos de los indocumentados. Lo real: el infierno fronterizo seguirá sumando kilómetros. Y gente. Lejos de las puertas de los Estados Unidos están instalados estos filtros enormes donde van quedando los desechos de los desechos. Territorios que acumulan sedimentos de personas sin destino, sin pasado y sin futuro, mientras se gana tiempo para el ideal nacional. Un círculo dantesco donde hay oficiales migratorios, retenes, guardias, cabarets y gente que se grita en todos los idiomas.

La lógica de Solalinde y de la Cuarta Transformación parece que va del absurdo a la justificación soberana: hay que hacer frente al gran enemigo haciéndole caso. Hay que hacer a México Great Again, así sea a costa de algunos humanos. De cualquier forma nadie los ve. Son mercancías baratas, cuerpos que aparecen y desaparecen. Despojos de personas que no pueden seguir el camino ni regresar al lugar de donde vinieron. Los que se parecían a Cristo, pero ya no tanto.

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