Cien días sin pecados

Cien días sin pecados

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Unos dicen que Venezuela está creciendo entre un nudo de culebras. Otros que nos pertenecemos, aunque de una forma extraña. Que somos hermanos, familias móviles, países posibles, venezuelas alcanzables. Las colas son escuelas de pensamiento y cada quien dice lo que quiere.

Un edificio y dos calles separan una farmacia y un McDonald’s. Es de noche y ambos lugares están repletos de gente. Parece una misma ciudad, pero en realidad dos países distintos esperan: uno por hamburguesas, otro por papel tualé. En la farmacia, un Guardia Nacional enumera a las personas y va pasándolas una a una. Es un domingo en familia. Todo esto pasará. Tiene que pasar.

Los primeros elegidos se apuran a agarrar su rollo de papel. Eso es todo lo que importa. Esto es un juego de necesidades y enterezas. En la otra cuadra se llenan estómagos y se compran caras felices. ¿De verdad está pasando algo? Dos hechos coinciden, sin embargo, en el espacio de la opinión pública: la histórica Jornada Mundial de la Juventud en Brasil y los cien días de gobierno de Nicolás Maduro. Una palabra posible: dispersión.

De cinco almas confesadas en Brasil, una resulta ser venezolana. El Papa le dice: “los venezolanos no tienen pecados” y yo pienso que esa sentencia merece dos lecturas. O ella pretende reivindicar la felicidad artificial en que vivimos o, por el contrario, busca visibilizar la inocencia y la bondad exacerbada de los venezolanos ante una cadena de oprobios aparentes.

Salen los primeros compradores felices, cargando sus rollos de papel como tesoros. Aquí todo está bien. Los de atrás vamos dando pasos cortos. Algunas quejas. Otros silencios entrecortados. A dos puestos de mí una señora recuerda el cumpleaños de Chávez. Nadie le hace caso. Su cara, finalmente, no es distinta a la nuestra. Su resignación es, quizás, aún más elocuente.

Se van dos horas. El tiempo transcurre sin sobresaltos. Hay una calma insólita, casi una dilatación de ideas. “Hay patria”. Los guardias solo miran, incluso se distraen. Me doy cuenta de que este no es un país que se habita: es un país que se soporta. Vivimos en un país sin pecados, sí… pero necesitado de muchos perdones. Jugamos con el tiempo y sonreímos. Olvidamos y dejamos pasar: Venezuela es una tierra de misericordias.

Es hora de cenar, pero no pienso cruzar la calle. Ya agarré mi papel. A cien días triunfamos en la conformidad. A cien días somos un país de tardanzas, una patria de esperas. Ahora estoy seguro de que la frase del Papa Francisco en Brasil, más allá de honrar la resistencia silenciosa de los venezolanos, lleva en sí la compasión hacia un pueblo con demasiada inocencia y exceso de futuro.

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