La vergüenza del lector de Stephen King

La vergüenza del lector de Stephen King

El pasado 21 de septiembre el “Rey del Terror” se volvió septuagenario. Estrena un decenio con un writing average notable, aunque polémico. Con medio centenar de libros y un universo construido metódicamente en seis páginas por día durante 40 años, Stephen King ha aterrorizado por décadas no solo a sus seguidores, sino a bandas enteras de críticos, escritores y lectores refinados. Un escritor prolífico, lovecraftiano, generador frenético de plots, creador de teleseries, guiones y nouvelles, el rey indiscutible de los bestselling authors que ha puesto el difícil adjetivo exitoso al lado de un nombre no menos problemático: escritor.

“¿Debería Stephen King ser considerado un escritor serio?” es una pregunta que se ha intentado responder de muchas maneras. Desde que ganó la Medalla de la National Book Foundation en 2003 y, con ella, la archienemistad de Harold Bloom, su obra ha estado delante del gatillo de la crítica literaria. Algunos lo defienden desde esa fidelidad afectuosa del constant reader, que reconoce en su misma abundancia escritural la causa inevitable de algunos deslices; otros lo atacan sin piedad al compararlo innecesariamente con Pynchon o Bolaño, dejando a un lado la lógica simple que une a cierto tipo de lectores con cierto tipo de escritores.

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—¿Qué estás leyendo?

—Ahorita estoy con Auster, Foster Wallace y Joyce Carol Oates. Puro gringo.

—¡Ay, qué coincidencia!

—¿Tú también? —le preguntas conmovido.

—Sí. Ya salí de Dan Brown y estoy terminando la última novela de Stephen King.

Tus orejas se desprenden en pedazos. Tiemblas, vuelve a anochecer afuera, ves un barquito de papel flotando por la Álvaro Obregón inundada. Estás frente a un hereje confeso: un eso-lector. Tú, crítico refinado, tienes dos caminos para salir de ahí: 1) Tomar la autoridad del sensei y mostrar la faceta más pedagógica de tu desprecio; o 2) Asumir que, a partir de ahí, la conversación se tornará asimétrica y no habrá otra alternativa que el perdón.

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Cuentan que el joven Steiner, en una visita inesperada a su librero de confidencias –con quien solía compartir autores desconocidos, libros raros y otros hallazgos–, dijo de pronto con tristeza “perdimos a Borges”, al referirse al surgimiento del argentino como figura pública. Él, que había sido el centro de aquellas conversaciones en la parte trasera de la librería, dejó de ser el secreto mejor guardado entre dos hombres para convertirse en una figura iluminada por los focos. El de Steiner –y el del librero– era el despecho por el descubrimiento colectivo de un tesoro. Era el adiós a lo underground que mistifica y resguarda.

García Márquez y Vargas Llosa sabrían bien de qué va todo esto. Esa muerte simbólica del autor que súbitamente es leído por todos; ese que se escapa de la secta de los primeros lectores y salta a la “bastardía intelectual” de la multitud. Escritores que, a razón de su éxito editorial, se vuelven sospechosos. ¿Acaso la fama en la literatura –o en el oficio de escribir libros– trae el desprestigio como precio? ¿Es la superficialidad la condena derivada del éxito?

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A juzgar por novelas como Misery, The Shining o It –sin contar las versiones cinematográficas de Carrie y Pet Sematary, que acabaron con la paz dominguera de la televisión en los 90–, la obra de Stephen King se caracteriza principalmente por la eficacia narrativa y la segura conmoción emocional. No hay espacio para el lucimiento del lenguaje ni para la exploración vital propiamente literaria. Excluyendo Different Seasons, su colección de cuentos más alejada de las fórmulas del subgénero, la audacia de King ha sabido llevar a millones de lectores por una senda de imaginación –aunque la imaginación, como bien dice Joshua Rothman en su artículo para The New Yorker, sea generalmente subvalorada por la crítica especializada–. En ese sentido, Stephen King puede ser reconocido como un autor iniciático y no un lazarillo; un escolta en la puerta de entrada hacia otras literaturas. Al lado de nombres dispares –J.K. Rowling, Isabel Allende, J.J. Benitez–, Stephen King conforma ese clan de autores que provocan cierta vergüenza en quien los lee.

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¿Autores de plots o escritores de lenguaje? ¿Creadores de historias o aventureros de la palabra? ¿Qué se espera de toda esa onda expansiva alrededor del objeto/palabra/realidad libro?¿Uno que salga y encuentre una lectoría masiva o uno que contenga la obra fundacional del canon literario del futuro? ¿En dónde se encuentran la industria editorial, los deseos de los lectores, el apetito de los críticos y las contraseñas para entrar (y permanecer) en los círculos literarios de prestigio? Y ahora, ¿quién prestigia a quién?

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Stephen King se anunció una vez como el equivalente literario del Big Mac, lo que es igual a decir barato, popular, sabroso y no necesariamente nutritivo. Fast lit a bajo costo. Un éxito en los paladares apurados. El autor que aspira a ser el vecino común de Maine, sentado en su computadora con lo necesario para pagar las cuentas del supermercado, resiste ágilmente a la condena de los censores. ¿Es Stephen King un literato? Nope. ¿Querrá Stephen King ser un literato? Parece que no. Como escritor popular y de gran alcance comercial, con una maestría indudable en la escritura de género fantástico y de horror, no hace otra cosa que acentuar sus fortalezas evidentes: la disciplina y la pasión por el oficio.

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De vuelta en la librería, ahora de día, escuchas Stephen King y tu criterio hace sus operaciones: va en la estantería con Ruiz Safón, Anne Rice y Tolkien, no al lado de Murakami ni de Kundera ni de Ferrante. De pronto te detienes y te preguntas: ¿a qué criterio obedece esa categorización? ¿De dónde —o de quiénes— me vienen esas ideas para clasificarlo? Te sorprende saber que Stephen King reniega de sus vecinos de estanterías, como Crepúsculo y 50 sombras de Grey. La inevitable supremacía de la relatividad te empuja entonces a la idea de que tal vez todos son necesarios en el ecosistema de la creación artística y el entretenimiento. Tal vez son tan útiles Ulises Carrión y Cuauhtémoc Sánchez (o tal vez no tanto).

La verdad está fragmentada entre nosotros.

Redrum. Redrum.

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70 años y 43 de carrera trae Stephen King en el cuerpo. Nadie puede saber si la historia literaria le hará justicia algún día —la posteridad es una cosa extraña, a veces inhóspita—, ni  nadie puede predecir si, como a Bob Dylan, lo favorecerá el desplazamiento travieso del Nobel. Lo inocultable son los enigmas aún no resueltos gravitando entre palabras como talento, genialidad y oficio. Stephen King escribe y publica mucho. Aunque con fórmulas, golpes de suerte y la bendición del márketing, tiene de su lado los aditivos básicos de la labor escritural: voluntad, disciplina y paciencia. No gozará de la aprobación de la crítica literaria, pero tiene de amigos al New Yorker y al New York Times. Así, con tantos años en el mundo terrorífico de la creación literaria, Stephen King ya debe de saber lo que distingue un éxito editorial de un éxito literario y de un éxito de crítica.

Y, entonces, ¿qué es el éxito?

La terquedad. Envejecer con el don de la grafomanía e insistir en parecerse a un escritor de oficio. O para saltarse exquisiteces: a un incansable juntador de palabras.


Este artículo fue publicado en la revista Letras Libres en septiembre, 2017. Aquí puedes leerlo en su contexto original.

 

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