Los amigos del río

Los amigos del río

CHANEQUE 9Para nadie era un secreto que en los parajes del río Toscano vivían los temibles chaneques. Era un cuento que todos los habitantes del pueblo conocían, especialmente los niños, quienes no se atrevían a acercarse. Es verdad que nadie había visto uno de frente, pero nadie, siquiera el más valiente, se iba a atrever a contradecir la tradición.

Era muy conocida la historia de que los chaneques, hermanos de los duendes, gnomos, elfos y otras figuras de la mitología de los paisajes, robaban las almas de los niños. Para cruzar la selva y pasar por el río, el niño debía estar bautizado, de lo contrario un chaneque pasaría y se quedaría con su alma para siempre.

Pero, ¿qué forma tenían los chaneques? ¿Acaso se parecían a los duendes de las películas? ¿Cómo lucían sus caras? ¿Eran tan feos como cuentan las historias? Todas estas preguntas se las hacía René mientras jugaba en su casa, al salir de la escuela, cada vez que veía la montaña donde estaba el río.

Desde que la maestra de historia le mandó hacer esa tarea sobre la leyenda de los chaneques, no pudo dejar de pensar en aquellos extraños seres que vivían en las montañas.

René no podía sino imaginar a un siniestro personaje de cara burlona, con ojos diabólicos y largas uñas que podían atravesar la piel. Su mente proyectaba la imagen exacta de todo lo que había escuchado desde muy niño. Casi podía verlo con sus zapatos enanos, su cinturón de cuero estriado y su risa macabra burlándose de él.

CHANEQUE 1.5Una noche, René despertó a medianoche con sed. Daba vueltas en la cama, intentaba conciliar el sueño, pero no podía. Después de mucho esperar, se rindió: iría a tomar agua en la cocina.

Sabía que aquello era una prueba de fuego: cruzar el largo pasillo de las recámaras, bajar las interminables escaleras y pasar el laberinto de muebles y adornos de la sala en oscuridad. Aquel viaje era solo de valientes.

Cruzó casi corriendo el pasillo y bajó contando uno a uno los escalones, sumando y restando los barrotes del pasamano con los cuadros de las paredes, como queriendo distraerse y no pensar en otra cosa que en el examen de matemáticas al día siguiente en la escuela.

Justo ahí, cuando iba a dar vuelta hacia la cocina, en la esquina de la pared que daba hacia el ventanal de sala, vio una pequeña sombra que hacía movimientos extraños y parecía mirarlo fijamente.

René ahogó un grito de miedo y, como pudo, sin mirar atrás ni pensar siquiera en lo que había visto, subió corriendo aterrorizado hasta el cuarto de sus papás para despertarlos.

–¡Papá, papá! ¡Son ellos! ¡Están aquí!
–¿Qué pasa, hijo? –dijo el padre todavía dormido, poniéndose sus gafas para intentar entender la situación.
–¡Son ellos! ¡Vinieron a buscarme!
–¿Ellos? ¿Quiénes son ellos, René? ¿De qué hablas?
–¡Los chaneques, papá! ¡Los duendes del río! ¡Están aquí! –le insistía René casi a gritos.

Él sabía que aquello no podía ser un mal sueño. Aquella sombra siniestra que estaba esperándolo en la sala era real. Habían venido a buscarlo.

–¡Yo te mostraré, papá! ¡Los chaneques están aquí en la casa! – y tanto empeño puso en sus palabras que logró sacar a papá de la cama y llevarlo al lugar donde juraba haber visto al horrendo chaneque.

Al llegar no había nada raro, más que la danza pausada de las cortinas en medio del silencio de la noche.

René le señalaba exactamente el sitio donde había aparecido la sombra. Le juraba que no había mentido y hasta hizo una mímica de duende para demostrar lo que había visto.

Ahí estuvieron René y papá hasta que un reflejo de la luna hizo sombra sobre el viejo perchero del abuelo, y apareció en la pared la silueta con movimientos extraños y mirada desafiante que René había visto instantes atrás.

–No pasa nada, hijito. Son los sombreros y bastones del abuelo. Vamos a dormir –y lo tomó de la mano hasta su cuarto.

CHANEQUE 1Las noches siguientes ocurrió lo mismo: pesadillas, ruidos extraños en la casa, sombras haciendo bailes irreconocibles en las paredes. Desde la ventana de su recámara veía la montaña oscura y se imaginaba ahí, asustado, corriendo para salvar su alma de la horrenda risa del chaneque.

Ya era casi el día de presentar la tarea de historia. Había pasado una semana desde que la maestra le encomendó esa difícil tarea. ¿Por qué a mí? ¿Por qué no una historia sobre la música del pueblo? ¿Por qué no un poema, como le tocó a Gabriela, o un himno como le tocó a Carlitos? ¿Por qué esta historia a mí?, se preguntaba René sin tener una respuesta que lo convenciera.

Él debía escribir un cuento sobre los chaneques del río y presentarlo el viernes en la clase. Esa era su tarea. Tenía tres días para terminarlo y más vale que consiguiera un buen final. ¿Pero cómo inventarlo si ya sabía que el final era siempre el mismo? Sus miedos, además, estaban tomando formas cada vez más graves y sentía que, en cualquier momento, los chaneques entrarían a su casa y se llevarían sus juguetes, sus libros y, por supuesto, su alma.

La maestra, al ver su preocupación, le contó algo que de pronto le iluminó los ojos y el camino.

–René… Hay una parte de la historia que tal vez no sepas. Ven conmigo –y lo llevó de la mano hasta el balcón de la escuela, desde donde también se veía la gigantesca y misteriosa montaña–. Dice la leyenda que si te acercas al río y gritas tu nombre, los chaneques se ahuyentan y no regresan nunca más a molestar.

– ¿Y el alma? ¿Se la llevan? –preguntó René con desconcierto.

– ¡De ninguna manera! Cuando gritas tu nombre tu alma se fortalece y los chaneques regresan al río. Saben que tienes un nombre propio y que tu alma te pertenece.

Y, escuchado esto, se quedó mirando pensativo la montaña, lanzó una sonrisa y regresó al salón de clases.

El jueves salió de la escuela antes del mediodía. Es el momento –se dijo–, y se despidió rápidamente de sus compañeros de clase. Abrió su mochila y confirmó que estuvieran las galletas y el jugo de naranja que había guardado en la mañana. Era el momento: René subirá a la montaña.

El día estaba radiante y con buen clima, lo que hizo corto y agradable el camino. Mientras subía la cuesta, se detenía a tocar los árboles y mirar el pueblo desde arriba. Se sentó en la raíz de un árbol y desde ahí pudo señalar su casa, la escuela, la plaza central y la tienda donde compraba sus dulces.

Acompañó su galleta con un sorbo largo de jugo y siguió su ascenso con el ánimo renovado. Aunque estaba encantado con aquella vista, sabía que no podía quedarse mucho tiempo antes de que sus padres comenzaran a preocuparse.CHANEQUE 12

Cuando alcanzó el jardín de las higuerillas, comenzó a escuchar el sonido del río. Por un instante quiso regresar, pero miró hacia abajo y recordó todo lo que había recorrido para llegar hasta ahí.

Debía quedarse más tiempo.

Las higuerillas parecían dormir la siesta y la cristalina luz del sol hacía reflejos casi musicales sobre el agua del río. Todo estaba tranquilo alrededor. René respiró profundo y sonrió por aquel regalo inesperado de la naturaleza.

Tomó una pequeña piedra y la lanzó al río. Luego se acercó para mojarse las manos.

En ese momento escuchó unos pasos muy rápidos detrás de él que parecían multiplicarse entre los árboles. Saltó de miedo, agarró su mochila y se alejó corriendo del río. Miró alrededor y le pareció haber visto un sombrero que se escondía en una de las piedras.

Es el perchero del abuelo, no, no es el perchero del abuelo, se dijo y pensó: ¡Eso es un sombrero de verdad! ¡Los chaneques están aquí!

De pronto recordó lo que le contó la maestra, tomó aire, se puso las dos manos alrededor de la boca y gritó con toda su fuerza:

¡RENÉÉÉÉÉ!

¡SOY RENÉÉÉÉÉ!, gritó de nuevo, y el eco de su voz se iba disipando con el río.

¡SOY RENÉÉÉÉÉ!

¡RENÉÉÉÉÉ!, y esta vez le respondió el eco de una voz que no era la suya. René retrocedió y vio un pequeño rostro que se asomaba del tronco de un árbol.

– ¿Quién está ahí? –preguntó al ver que el pequeño rostro volvía a esconderse–. ¿Quién eres? ¡Sal de ahí!

CHANEQUE 11

Una vocecilla tímida detrás del árbol respondió:

– Soy René.

– ¿René? Yo soy René –dijo René–. ¿Tú quién eres?

Y la figura fue saliendo poco a poco del árbol, dejando ver su graciosa vestimenta. Era un niño un poco más pequeño que él, con algunas hojitas en el cabello y un sombrero festivo.

  •  – René. Ese es mi nombre. Me estabas llamando. Mucho gusto – y le tendió la mano.

– No… Yo… –titubeó René, el niño, retrocediendo con miedo–. Estaba gritando mi nombre. Dicen que eso asusta a los chaneques.
–¿Y por qué quieres asustarnos?
– ¿Asustarl…? Entonces tú eres… – y cayó al suelo de un tropezón.
–Ven conmigo. No te haré daño –le dijo René, el chaneque, tendiéndole una vez más la mano.

El otro René accedió, todavía con miedo, y juntos comenzaron caminar por la orilla del río. René, el chaneque, le contó que había nacido en la montaña y que tenía un castillo de madera en uno de los árboles. Le contó que todas las noches hacían juegos y que lanzaban pequeños globos encendidos que parecían estrellas. Sí, también le contó que tenían escuelas en la montaña y le dio mucha gracia saber que también él tenía una tienda favorita para comprar dulces.

¿Y dónde estaba todo aquello?, se preguntaba René, el niño. ¿Dónde se encontraba ese mundo tan maravilloso y parecido al suyo que iba relatando el chaneque?

Está más allá, a dos horas caminando de aquí, le respondió.

¿Y por qué vivían tan lejos del pueblo? ¿Por qué se creía que tan eran malos, si este niño duende parecía tan amigable?

Porque a todos nos aterra lo diferente, René – le respondió el chaneque René, sin darse cuenta de que estaba leyendo sus pensamientos–. Casi no bajamos de la montaña –continuó–; preferimos quedarnos aquí para defenderla. Nuestros padres siempre nos han contado que ustedes, los del pueblo, quieren venir aquí a robarse nuestras frutas, talar nuestros árboles y llevarse el agua del río.

–¿Nosotros? –preguntó René asombrado–. ¡Si somos unos niños! Más bien nos da terror subir por miedo a que se roben nuestras almas.

–¿Robar almas? ¡Si apenas sabemos caminar sin tropezar las raíces de los árboles!

¡JA JA JA!, rieron los dos. Los pájaros, que estaban dormidos en las copas de los árboles, salieron volando por el sonido de la risa.CHANEQUE 15

–Ven conmigo –le dijo el chaneque René–, te voy a llevar a mi pueblo. Te mostraré la tienda de los dulces para que comas la galleta de cereza bailarina, que es mi favorita.

Pero René, el niño, aunque tenía muchas ganas de ir y comer la galleta de cereza que también era su favorita, sabía que debía regresar pronto si no quería tener a sus padres y a todo el pueblo buscándolo por las calles.

–Mañana regreso. Ahora tengo que bajar. Mis padres se preocuparán por mí si no vuelvo temprano. ¿Puedo regresar mañana a esta hora? ¿Me guardarás una galleta bailarina?

–¡Claro que sí! Puedes venir cuando quieras. Solo debes acercarte al río, decir mi nombre y ahí estaré.

Y, antes de despedirse, René y René se dieron un abrazo y chocaron las manos en señal de amistad.

–Somos amigos –le dijo René, el niño, dándole su mochila.

–Somos hermanos –le respondió René, el chaneque, poniéndole su sombrero en la cabeza.

Y gritaron al unísono sus nombres ante el gesto sonriente del río.

Al día siguiente René leyó su cuento frente a la mirada fascinada de todos sus compañeros de clase y recibió el aplauso admirado de su maestra. Todavía hoy le preguntan cómo hizo para escribir aquel final tan emocionante y de dónde sacó ese extraño sombrero con el que va al colegio todos los días.

Él podría decir que es de un amigo mágico que vive en la montaña y se llama como él, que es de un hermano duende que vive en el río y al que visita de tarde en tarde, pero él prefiere darle su lugar a la fantasía y decir que sacó la historia de un libro y aquel fue un sombrero que le regaló su abuelo.

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Del libro La montaña de los niños [2017], libro de cuentos infantiles publicado por la Secretaría de Cultura de México y la editorial Tercer Escalón.Descarga gratuita aquí .

Textos: Zakarías Zafra Fernández

Ilustraciones: Daniela Urdaneta

 

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