Señora Burundanga

Señora Burundanga

La muchacha se llama Marlene y va al Banco a abrir una cuenta para su papá. Son seis mil bolívares y poca malicia. Se acerca una señora. Era morena, de unos 50 años, con un hueco entre los dos dientes de arriba. Tenía ojeras y el pelo oxigenado. (Lo recuerdo todo y no sé nada. ¿Por qué lo recuerdo todo y no sé nada?) Me toca en el brazo y me pregunta por las planillas de depósito. Cinco minutos, avanzan los números y me siento en una de las sillas. La misma señora: ¿puedo sentarme aquí?, y ahora yo converso con ella.

Los modus operandi del delito han mejorado mucho desde los encapuchados primitivos, desde los paquetes chilenos, desde el tírese todo el mundo al piso. Ya no nos dicen “esto es un atraco”. Ya no nos anuncian. Todo accionar es delincuencia. Todo acercamiento parece agresión.

Tú debes tener unos 20 años, más o menos. Yo conozco a tu mamá, tan bella, ella se llama Rosa, ¿verdad? No, señora, se llama Gloria. Ay claro, ella es profesora. Yo trabajé con ella muchos años. Ella me ayudó mucho cuando yo estaba necesitada. Gloria… ¿Y cómo es que se llamaba usted, señora? […] Pero la mujer me responde que quisiera ver a mi mamá otra vez, que le dé el teléfono y la dirección para visitarla y yo se los doy porque Marlene ya no es Marlene, sino una clienta obediente. Una víctima muy discreta que no se niega.

La hora avanza y el efecto tiene su tiempo preciso.

Suena un ringtone de Ana Gabriel. Es la tercera vez en diez minutos que la señora interrumpe la conversación para hablar por teléfono. Dice sí, aquí está, aquí la tengo en voz baja. Marlene la escucha, la mira, pero solo sabe decir sí y estarse quieta. En los bancos no se permiten celulares ni gorras ni lentes oscuros, pero ante el hacinamiento no hay armas ni voluntad. Mucho dinero sí, y peligro y carteras abiertas y buenas señoras.

Mira, ¿no te gustaría trabajar?, le pregunta la mujer al colgar la llamada. Quiero ayudarte. Tienes cara de ser una muchacha muy responsable y quiero devolverle los favores a tu mamá. Es un trabajo de secretaria en el consultorio del Dr. González, en la Clínica R., medio día y sueldo mínimo con cesta tickets, ¿te interesa? Yo asiento, yo acepto. Pero hay que estar antes de las 3 para que te hagan la entrevista. ¿Te parece? Bueno vámonos. Vámonos rápido.

La Clínica R. queda en el centro de la ciudad. Será un camino largo, 45 minutos exactos. Los números avanzan, el tiempo corre y el torrente sanguíneo es implacable. Vamos a montarnos en el autobús, ven yo te ayudo.

Mientras tanto hablábamos de cualquier cosa. Estaba muerta de sed. Me daba de beber de un termito de agua. El teléfono volvió a sonar: sí, aquí la llevo, ya vamos para allá, que voy con ella, dame 15 minutos, chico, que sí, coño. A ratos me sobaba el antebrazo, me ponía la mano en la pierna, me sacaba sonrisas, datos, cuentos, nombres, cuentas.

La burundanga es un mito urbano. Los testimonios no existen. Las mujeres ultrajadas dicen mentiras y el contagio por vía dérmica es una elucubración de los periódicos. Una amiga amanece eyaculada por cinco hombres en una piscina. El amigo de un amigo aparece vomitado en la Zona Industrial I sin pantalón y sin zapatos. La burundanga es un cuento, ¿es que no entiendes?

Llegamos finalmente a la clínica. Siéntate aquí que voy a anunciarte. Dame tu cartera para anotarte en la recepción. Rapidito, niña, que no hay tiempo. Pasaron 10 minutos o media hora o 45 minutos exactos. La señora no volvía. Empecé a toser desaforadamente. Me levanté. Sentí ganas de vomitar y un mareo negro. Un ardor me quemó la garganta. Caí de boca en el suelo.

¡Muchacha, bebe agua, estás como muerta!… Marlene despierta en la sala de espera de un consultorio entre los brazos de dos secretarias y una señora de limpieza que le echa aire. ¿Este es el consultorio del Dr. González?, no aquí no hay ningún Dr. González, tranquilízate, y dónde está mi cartera y la señora que venía conmigo, cuál señora, ¿no la vieron? Tú viniste sola. Y una secretaria que le dice a la otra: chama, esta mañana le pasó lo mismo a una muchacha aquí. Esto está feo.

Lo recuerdo todo pero no sé nada. El torrente sanguíneo es implacable. El efecto tiene su ritmo preciso. La muchacha de la mañana no soy yo. Marlene no es Marlene. Es una víctima obediente. Es la victima de la tarde.  Esto no es un retrato hablado, es la verdad.

Por ahí anda la señora colega de una profesora, amiga de tu mamá, que le devuelve favores a Rosa y te ofrece visita. Así va transcurriendo el lunes a viernes de las víctimas, la de la mañana y la de la tarde, el consultorio del Dr. González, las dos horas del efecto, la clínica por si les da un ataque, la coartada perfecta.

Y detrás la ciudad que nos engaña. La creatividad para agredir al otro, la invención de mejores crímenes, las jornadas laborales de la delincuencia, el delito que va mejorando sus métodos.

Esto no es un invento, parece una alerta.

 

 Zakarías Zafra Fernández

@zakariaszafra

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