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Desertores del patriarcado

La atrocidad descomunal de los feminicidios, la expansión de la ola feminista y el anuncio del paro nacional #UnDíaSinMujeres el próximo 9 de marzo, han hecho saltar, entre muchas, una pregunta incómoda: ¿Qué hacemos los varones? ¿Proclamar apoyo o acompañar desde el silencio? ¿Aislarnos por un día o movilizarnos como hombres deconstruidos? Si la reacción en el campo masculino suele dispararse desde la necesidad de hacerse sentir, cabe interrogarse si es indispensable, oportuno o en todo caso útil hacer algo. Lo políticamente correcto tiene un atajo y una rara avis: el hombre feminista. El relato del héroe promujeres, menteabierta y detox.

Hace falta un cartel que diga: no existe el hombre feminista. La etiqueta es un oxímoron y un derivado de lo que Silvia Federici llama feminismo de Estado, esa voz institucional, retórica, que no interpela los arreglos de poder en la vida cotidiana, pero defiende las igualdades en los entornos de producción del capital. Aunque force el lenguaje, el varón no puede pertenecer a la lucha feminista. Y la razón parte de un examen embarazoso: si conocemos una sola masculinidad por dictado, si nos cuesta tanto entrar en relación con otras maneras de ser hombres, ¿qué nos hace pensar que el universo femenino está al alcance? Hay una suposición arrogante en esto: creer que podemos conocer el origen de todas las luchas y entender las complejidades de ser mujer en todos los contextos. Autoproclamarse hombre feminista apresura otra demostración de poder en el fondo: yo decido lo que es el feminismo, mientras la conversación en torno al problema de lo masculino queda aplazada.

Lo que la frase “El Estado opresor es un macho violador” dejó al descubierto no es que el Estado está ocupado por hombres falomaníacos, sino que las instituciones, los medios, las corporaciones, en fin, todos los lugares desde donde emana el poder, son espacios de programación de un gran dispositivo de violencia: el patriarcado. Para criticar esto, en lugar de marchar al lado de las mujeres, habría que instalarse en la médula de la propia experiencia como varones y buscar perspectivas. Releer los entornos domésticos, laborales, escolares, culturales, íntimos en los cuales nos desenvolvemos. Es ahí donde surge no una declaración política –“soy hombre feminista”–, sino una respuesta micropolítica: “soy desertor del patriarcado”.

El ejercicio pasa por dudar. Desertar del patriarcado es una forma de poner en evidencia ese enorme sistema de prácticas, ideas y representaciones que nos han dictado la forma de ser hombres y de apropiarnos de lo femenino, cualquiera sea su encarnación. Porque la arremetida patriarcal es contra las mujeres, sí, pero también contra lo entendido histórica y actualmente como femenino: lo vulnerable, lo débil, lo apropiable. La salida, por supuesto, no es fácil y conduce a una sanción social muy irritante. Los desertores son los cobardes de la partida, los descarrilados, los que no tienen la razón. Los demás, alineados a la fuerza, a la temeridad, al dueñismo y a la posesión, los acusarán de débiles, feminizados y, claro está, mujercitas. Los desertores no merecen la grandeza de la historia: son los prescindibles. Los putos de la jerarquía.

La huida, quizá, comenzaría por revisar los proyectos ideológicos que predeterminan la masculinidad según un lente dominante. Someter la cotidianidad a una revisión y empezar por remodelar la intimidad masculina. Si la lógica dice que no todos los hombres son violentos, la realidad impone otra cosa: todos estamos expuestos a esas microviolencias que se cuelan en los hábitos de forma invisible y nos acercan al riesgo de convertirnos o en artefactos del daño o en cómplices normalizadores. Entre varones, entre familias, en las mínimas escalas de la producción y reproducción de la vida, entre ciudadanos después, debe darse una conversación que extraiga nuevos relatos individuales y colectivos. No solo que advierta, sino que sane. Se trata, en fin, de plantear una negociación: un acto micropolítico desde el centro de la experiencia masculina.

Debería salir otro cartel que diga: es inconveniente situarse en la primera fila de una lucha que no nos pertenece. Es un contrasentido, además. Suficiente trabajo hay en escapar de la ansiedad del pantalón poderoso. En situarse del otro lado del privilegio y ser capaz de la autocrítica en lugar del mea culpa chantajista, del diálogo afectuoso y no del pulso machistoide de la fuerza, de la pedagogía mutua en vez de la vigilancia. De todo eso que el patriarca, con su aliento caliente e invisible, nos ha dicho que es mariconería.

Zakarías Zafra


Publicado originalmente en la revista Literal Magazine.

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