El vecino incómodo

América Latina entra a 2020 con un conflicto no resuelto: el éxodo masivo de venezolanos. De darse el pronóstico de ACNUR, habrá 6,5 millones de migrantes venezolanos al término de este año y al menos un 70% de ellos se concentrará en Latinoamérica. Venezuela, el país que hasta hace poco simulaba la prosperidad más grande entre sus vecinos, cumpliría la profecía que dejaba perplejos a todos hace un par de años: convertirse en la «Siria de América».

Lo que primero fue una migración sectorizada e identificable por oleadas, a partir de 2017 tomó forma de estampida. Las primeras cifras dieron cuenta de un desangramiento poblacional sin precedentes en la historia de América Latina: cinco mil personas por día se fueron de Venezuela. Un ritmo tan acelerado de emigración supondría una alarma para cualquier lugar del mundo: en 28 días desaparecería Cádiz. En tres meses, Atlanta o Veracruz. En medio año, Washington, Ámsterdam o Estocolmo enteras. Caravanas por los páramos de los Andes, pasos por la selva amazónica, naufragios en el Caribe, cientos de migrantes varados entre fronteras cerradas: Venezuela ha entrado a la fuerza a los grandes relatos migratorios del siglo XXI. Un informe de la OEA develó meses atrás una comparación dramática: cuatro millones de personas han dejado Irak desde 1990. La misma cantidad ha abandonado Venezuela en solo cuatro años, sin una guerra declarada, sin una catástrofe natural.

Lo impensable ahora es innegable: Haití, el triángulo norte de Centroamérica y Venezuela son piezas de la misma sacudida migratoria de la región. La crisis venezolana, aunque aparece en el mismo radar mundial que la emergencia de refugiados en Myanmar y Sudán del Sur, los desplazamientos masivos de personas en la República Democrática del Congo y Yemen, está muy lejos de recibir una respuesta global apropiada a su magnitud y sus consecuencias ya visibles para la región. No es un ejercicio de comparación ociosa –y por demás inapropiada–, sino el recordatorio de una alerta: millones de personas se están desplazando en un continente con dificultades cada vez más graves para recibirlos.

Con Colombia, Perú y Ecuador a la cabeza de los principales destinos de migrantes venezolanos, el conflicto creció en aristas en 2019. Junto con enormes esfuerzos institucionales, salieron a flote problemas inevitables de las migraciones masivas: tensión en lugares con poca tradición de inmigración y capacidades limitadas para recibir a tantas personas en condiciones de precariedad, colapso de servicios públicos en ciudades fronterizas, brotes de xenofobia y criminalización, obstáculos en las negociaciones culturales entre inmigrantes y anfitriones, y la manifestación de una verdad quizá oculta detrás de la retórica latinoamericanista: la “hermandad continental” no es un tratado suscrito ni una obligación de las nacionalidades que ocupan un territorio y un historia en común.

El endurecimiento de controles migratorios en Chile y Panamá, países que recién cierran las puertas como República Dominicana, el levantamiento de muros invisibles en México, son otros marcos de este gran cuadro problemático que pareciera confirmar la máxima del imaginario de la seguridad nacional: no molestan los extranjeros, sino los migrantes. Y si son muchos, mucho más.

Sería injusto y por demás soberbio dejar a un lado las manifestaciones de solidaridad y los esfuerzos reales de atención y ayuda, desde las políticas públicas y las iniciativas privadas, que se han dado en los países ya mencionados y en otros con una carga importante de migrantes venezolanos, como Brasil y Argentina. La migración masiva también ha creado formas de encuentro, transferencias, impregnaciones culturales de lado y lado. Aunque el tiempo aún es corto para adivinar el alcance de estos cruces, algo difícilmente puede ser negado: el éxodo ha reinsertado a Venezuela en el mapa latinoamericano con una cara muy distinta a la del petróleo y la belleza. La región, ahora, tiene frente a sí el nuevo rostro de un vecino incómodo.

La migración venezolana ya no es un síntoma, sino la manifestación del colapso de un país que, aunque algunas narrativas sesgadas se han empeñado en invisibilizar, afecta el equilibrio demográfico, político, social, económico del continente. Un año que abre con 4,7 millones de emigrados venezolanos demanda mucho más que atención mediática. Si los refugiados, migrantes e indocumentados son hoy elementos centrales en un planeta con más de 70 millones de personas obligadas a desplazarse, la crisis migratoria venezolana sitúa a América Latina en un lugar que parecía distópico hace una década y que ahora confirma que nada en el mundo le es ajeno.


 

Imagen: Fotografía de la exposición Migrar es tocar tierra de Edu León.

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