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Instigación a desahogar

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Está bien. Perdimos un país. Lo dimos. ¿A quién se acusa? ¿A costa de quién vamos a recuperarlo? ¿Qué tan grave es lo que se asoma de nosotros? ¿Qué hay después de las asfixias particulares, del andar paranoico, de lo falsamente sensible? ¿Hay un nosotros detrás de todo esto? ¿O es acaso una cadena de yoes que no saben qué hacer con tanta culpa?

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Alguna vez se nos dijo “riqueza”, se nos ofreció triunfo. Venceremos fue el plural de una promesa tristemente irrealizable. Luego iniciamos el cambio sin adormecimientos, conocimos los distintos gestos de la muerte y no pudimos pagar más. Lo pobre, lo doloroso, también se nos hizo ingobernable. Nos quedamos, de pronto, en la retaguardia del mañana.

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Todo pesa en esta tierra que parece ajena, aunque reconocemos en ella un nombre familiar. Seamos honestos: nos traicionan las ganas de no creer en nadie. Nos atraen los abusos y los desvelamientos. Los creemos atajos. Triunfantes, dictatoriales, envanecidos, salimos a la calle y nos hacemos de enormes expectativas. Y los cuerpos llenos de alarmas, las balas sueltas, los colmillos desatados, los derrames, las esperas, nos muestran cuán equivocados estamos. Cuánto practicamos la destrucción masiva de un embuste.

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Hay que abandonar el mito de la piche abundancia, esa fe de calumnia que nos entró por los oídos y los libros de bachillerato. Desoír lo de los cuarenta años de oprobios, lo de los cuatro siglos de dominación, y contar todo lo que se esfumó en diecisiete años de malandraje y abandonos. Desafiar los cálculos. Ver cómo opera el tiempo.

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Desinflarnos, apersonarnos, franquear, rebelarse ante la pereza. Descender, salir, ser periféricos, no postergar, desatarse. Deshacer consignas, someterlas a la burla, hacer de ellas más escarnios y menos pancartas. Dejarse de planillas, de recetas aprendidas, y reescribir el país desde el olvido que nos increpa, desde ese desorden de historias que nos atropellan todos los días.

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Venezuela ya no se consigue. Venezuela está extraviada y escasa. Está seca. Hace falta. Aquí hay que irse, ya no del país, sino de sus formas, de sus andares agotados. Hay que migrar de este desarraigo, desplazarse de esta anomia bestial, expulsar la violencia del cuerpo y sanar. Sanar.

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Curar esta historia de pérdidas, contiendas, fingimientos, pasaportes, escasez, perico, encierro, filas largas, corrupciones, derrumbes y vaguadas.

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Decirse las verdades. Hacer lo que nos corresponde.

 

@zakariaszafra

 

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