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Obituarios concurrentes

a Freddy Castillo Castellanos

Es mediodía en Buenos Aires. Freddy prepara la mesa. En minutos va a llegar el invitado y debe dejar los cubiertos en la posición exacta para que los adivine con el tacto. A su cabeza llega el mapa de un laberinto donde hay un río turbio y un monumento que acumula las luces del sol. Una ciudad donde ha estado antes. «Come en casa Borges», anota Freddy en su diario antes de escuchar el timbre. Jamás dirá que Bioy Casares le copió esa frase.

Algunos dicen que en Mondoñedo, en la misma calle que Álvaro Cunqueiro, otros en el centro de La Habana y la mayoría en la región de Piamonte, a un costado de las colinas de Canelli. Las crónicas, sin embargo, dicen otra cosa. Freddy nace en la Ciudad Mercuria, cerca de la esquina de Las Cuatro Lagunas, el día después de la séptima y última mudanza. Lo quieren llamar Javier Otárola, pero él elige su nombre: Freddy. El sabio Querales, quién sabe si como sentencia, dijo a los astros el día del bautizo: «Ha nacido un poeta que preferirá el silencio».

Lo contaron de esta manera: cuando murió Erik Satie, luego de pasar 24 años aislado en su casa de Arcueil, sus amigos descubrieron su cuarto lleno de paraguas, con miles de páginas y partituras escondidas en las cajas de dos pianos. Nadie sabía de su vida ascética, casi precaria. Uno de sus amigos, Frédéric Château, poeta y cocinero de la comuna, fue el primero en encontrar el cuerpo. En la caja de uno de los pianos, encontró un poema. 

Dakota del Sur, 12 de diciembre de 1890. Deseo de ser piel roja. Freddy acompaña a Sitting Bull y lee unos versos con su voz de tambor tribal. Mira fijo, mueve las manos y chasquea la lengua. Deseo de ser piel roja. Han de morir los dos. Quizá lo mencionen en una revista literaria. Quizá repitan su hazaña en un homenaje por Zoom. El Estado, enemigo de los hombres públicos, hace silencio y entierra. Freddy Castillo ha muerto: no hay tambores que anuncien su llegada al Gran Río Cenizo.  

Lo llamaban Altazor Castillo en los tiempos de la caballería andante. Tuvo un blog. Escribió unos poemas en el medioevo italiano. Lo acompañaron una tiorba y una bota de vino espumoso. Dejó de escribir. Lo olvidaron. Prefirió dedicarse a la astronomía. Quería admirar la caída de las estrellas en el valle. Ahí, donde encontró un pedazo de piedra cósmica, levantó su casa. Escribe con tiza en el suelo: Carrera 17. Lo relata en su blog, en una entrada que desapareció el algoritmo. 

Vivió en Sussex, a principios del veinte. Vio caer a Virginia Woolf con los bolsillos llenos de piedras en el río Ouse. Quizo decírselo a Nelly, su cocinera, mientras le servía un fool de ruibarbo en la cena. Freddy quiere contarle del telegrafista del Titanic, de comidas y hundimientos, de hambres y viajes astrales que hacen los cuerpos cuando flotan o duermen o leen. Pero prefiere masticar y saborear el silencio. Tal es su prudencia. 

Plaza Lara, 1553. Es el primer cumpleaños de la ciudad. Llaman a Freddy, el sabio, para ser el pregonero mayor. Lleva una hoja en blanco y una piedra caliza para marcar el suelo. El consejo mayor no entiende. ¿Cómo es que no escribe? ¿Por qué hemos llamado a un ágrafo para contar la historia de la villa? Freddy responde que él solo es un vidente. Que nació ahí, en Variquecemeto, «donde vive y lee». Y nada más.

Basilea, 1536. Semanas antes de morir, Erasmo de Róterdam le encomienda a su discípulo que funde una universidad en los predios de Uadabacoa. Le pide que lo haga rápido, antes de que lleguen los bárbaros y arrasen el país. Freddy obedece y construye un salón de música, una biblioteca y una cocina. Los restos de esa universidad pueden verse hoy en San Felipe, a una profundidad de diez metros bajo tierra. 

Caracas, 6 de diciembre de 1898. Freddy el astrónomo mira a las estrellas y anticipa la muerte que viene cada cien años. Freddy el poeta sabe que eso pudo ser un verso, pero prefiere no intentarlo. Respeta la poesía, la política y los astros. Aunque todos, alguna vez, hieran. 

Turín, 1950. Freddy ha pasado todo el día encerrado. No abre la puerta, no atiende llamadas. Su habitación es una ruina en llamas. Él dice que desde ahí puede ver el valle –su valle– y está tranquilo. Hace un dibujo abstracto en las paredes. Parece la silueta de una ciudad con un obelisco. Está delirando y le duele la cabeza. Va a dormir de nuevo. 

Plaza Lara, 14 de septiembre de 2052. Freddy celebra el cumpleaños 500 de Barquisimeto. Han mudado la ciudad por octava vez. Le ofrecen ser alcalde, pero se niega. «Alguna vez fui pregonero», dice. «Prefiero esa fama inútil, esa llave rota. Ser hijo de una ciudad que en el fondo no sabe cómo me llamo».

Panadería del París, 5 p.m. Freddy toma café con Florencio, el poeta Barrios y Bibiloni de Bullrich. Ella pide un scone con mantequilla. Habla disparates de las damas larenses, menciona una bola de fuego que le quemó las piernas en la Ribereña y repite al menos tres veces el número que va a jugar en la lotería de mañana. Todos saben que está en la mesa incorrecta. Ella quiere conocer gente rica, no poetas. 

Hotel Albergo Roma, habitación 346. «La memoria non scrive oggi perché ha scritto tutto domani», escribe Freddy en el muro de Facebook –la pared de su ciudad imaginaria–. Horas después lo encuentran dormido con una piedra caliza en el bolsillo y una lista con los nombres de sus amigos. «No  dimentica», nos dice el conserje con un español precario, y regresamos tranquilos a nuestras casas.

Freddy culmina su taller de sextinas en Roma. Su mejor alumno es un hombre con una pancarta que dice Represión en los psiquiátricos. Freddy sabe que la poesía es locura, pero también verdad. Se lleva la sextina a la casa y se la envía por correo electrónico a Pavese. Algo quiere decirle con ese gesto, pero jamás lograremos descubrir qué. 

11 p.m. Freddy le pide a Nelly Boxall que le cocine un cordero a la menta antes de irse a dormir al cuarto de huéspedes. Virginia lo está hospedando en casa. Freddy es su publisher, hombre fino y elegante. «Quite a gentleman», le dice la Woolf a Nelly antes de amenazar una vez más con despedirla. 

Atenas. Le han pedido a Freddy que sea el rector de la nueva Ἀκαδήμεια. Con su gentileza habitual les pregunta si están seguros, por aquello de la «expulsión de los poetas». Los gobernantes vacilan. A juzgar por los hechos, no se esperaban aquella confesión. Freddy abre un papiro y se pone a dibujar un Aleph mientras los hombres deliberan. Lo van a expulsar de todas formas, lo sabe, pero espera su suerte con paciencia. 

Cementerio de Plainpalais, Ginebra. Borges va a despedir a Freddy en su tumba. Le pide a la Kodama que lo siente en un banco porque está cansado. O triste. Su lápida, tallada en piedra, tiene una frase en un idioma incomprensible. Algunos críticos y traductores aseguran que dice «Fui a pasear al Ayacucho».

Octavio lleva a Freddy a comer al centro de la Ciudad de México. Los trompos encendidos, el copalli mezclado con el sudor de la gente, los tambores, el ruido subterráneo de los vagones del metro. Paz le dice algo sobre los pájaros. Freddy le habla sobre los manantiales invisibles del Río Turbio. Apunta un verso en una servilleta gastada: «La memoria y el azar poseen hilos secretos que se cruzan en su lugar predilecto: el laberinto».

Sábado. Freddy nos invita a su casa en West Egg. Escuchamos Gershwin, Nina Simone, Cole Porter, Sinatra. Cuchi sirve bagels de salmóncon soda italiana. En la casa de al lado hay una fiesta escandalosa. Reggaetón, salsa erótica, disparos, policías. «The dreadful shine of the nouveau rich, Old Sport», dice Freddy y cierra las ventanas para aislar el ruido. 

Freddy en el Café Tortoni de la avenida Lara. Ha vuelto a salir de su casa después de mucho tiempo. Pide un guayoyo y una media luna con mermelada de zarzamora. A los veinte minutos el televisor anuncia la muerte del Barrilete Cósmico. Es raro este dolor, piensa, y se levanta de la mesa. Al volver a casa, frente a la pantalla, lo atrapa una certeza triste: el astro ha caído y esto es lo último que escribirá en su vida.

12 de diciembre. Freddy pasea con Borges por el Parque Ayacucho. Hablan de los pájaros y de una frase que le dijo Octavio Paz en una taquería de Isabel La Católica: «No solamente ignoramos qué dicen los pájaros, sino quién, qué pájaro lo dice». 

Natalia Ginzburg sobre Freddy y Barquisimeto: «Ahora nos damos cuenta de que nuestra ciudad se parece al amigo que hemos perdido y que tanto la amaba; es, como era él, laboriosa, ceñuda en su actividad febril y terca, y, al mismo tiempo, apática y dispuesta a holgazanear y soñar. En la ciudad que se le parece, sentimos revivir a nuestro amigo dondequiera que vayamos».

En tiempos de exilios y tierras arrasadas, «de grandes y graves cataclismos», como escribió Kertész, qué afortunados son los hombres que nacen y mueren en la misma ciudad. «Son los azares concurrentes», le dice Lezama Lima en el patio de su casa en La Habana. Si le ha ofrecido crema de coco y piña antes del cangrejo es porque quiere probarle que aquí, en la isla de la memoria, la palabra y el paladar son la misma cosa. 

Nueva Segovia, viernes 11 de diciembre de 2020. Freddy está solo en su departamento. La noche es espesa y Freddy duerme o lee o viaja. Mañana la señora Dalloway irá a llevarle flores. El vigilante de la entrada, aunque nadie le atienda, tendrá que anunciar a la mujer de todas formas: es Meryl Streep. Subirá, tocará el timbre, se asomará por la mirilla de la puerta y sabrá lo que ya sabe: Freddy no está. Salió a dar un paseo por el parque. 

La psicogeografía de Barquisimeto debe registrar que una parte de la ciudad se quedó a oscuras y otra desapareció del mapa. Como el río de Heráclito, la calle que caminamos hoy no parece la misma. Y la razón se adivina. Estos, por citar las palabras de un viejo amigo suyo, son los primeros pasos de un mundo sin Freddy.


Texto publicado en el Papel Literario del Diario El Nacional (Venezuela) como homenaje a mi muy querido amigo Freddy Castillo Castellanos.

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