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Rafael Arráiz Lucca: Literatura venezolana del siglo XX

Para el lector descuidado la literatura venezolana no es más que tres o cuatro nombres que gobernaron largos tirajes y pupitres. Nuestra historia literaria, según el parecer de algunos, se escribe entre dos márgenes: el pensum oficial del bachillerato y el polvo escabroso de las tesis de grado que reposan como momias en Times New Roman 12 y cartulinas anilladas.

Arráiz Lucca hace aquí un ejercicio distinto, un “levántate y anda” del siglo XX venezolano. Con su vista aguda y su lenguaje próximo nos ayuda a limpiar los sedimentos que va dejando la tradición de la crítica. Nos reafirma a Oswaldo Trejo, Hanni Ossott y Eugenio Montejo entre nuestros grandes afectos literarios. Nos devuelve, cosa que considero un logro capital de su empresa, el entusiasmo por aquellos escritores que distrajeron páginas haciéndole guiños a la política.

Con este libro estreno la máscara para leer a Ramos Sucre. Con él reconozco a la Antonia Palacios que vive en mi casa seduciéndome con su universo de ángel-abuela. Con él recuerdo por qué Pascual Venegas Filardo es el epónimo de una biblioteca olvidada en el oeste de Barquisimeto (y a la cual uno debe dar al menos tres referencias -Politécnico, Velódromo, Aeropuerto- para llegarle cerca).

En la página 108, a propósito de una lectura compartida de Mijail Bulgákov (donde, por cierto, Freddy Castillo Castellanos funge como centro de la tríada novela-amigos-ciudad), Arráiz Lucca revela que Juan Nuño “sentía una especial predilección por el estado Lara” y que “creía que lo mejor del país venía de allá”. Esto, además del gesto que a todo regionalismo cae bien, valida de algún modo los intentos ignorados de tantos poetas y escritores que se han quedado en antologías de ateneo, páginas autopublicadas y una que otra reseña en periódicos locales. Esos nombres que, a pesar de la generosidad de Arráiz Lucca, tampoco entraron en esta revisión de nuestras letras. Pero ya lo sabíamos: toda selección es primero una injusticia y el curso de los años no ha podido vencer el centralismo cultural del país.

No se equivoca la tapa del libro cuando anuncia un “manual panorámico y específico a la vez”. Aquí hay orientaciones claras, brillantes, valiosas, para abordar los mecanismos de una lectura propia, incluso colectiva, que poco se ha hecho y que no debería detenerse. El que entra aquí sale ganando, aún si se salta las instrucciones.

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