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Rituales del contagio

Llegó el coronavirus a la ciudad de la polución. Al destino turístico del very unhealthy air. Al valle de la eterna contingencia ambiental, donde los tubos de escape son vigilados por la policía y hay que respirar por la boca entre tanta cloaca y cannabis y solvente y carnitas. El horizonte de los mil estímulos. La ciudad incontagiable. La de los adictos al chapstick y a los lavados nasales con sal marina. Esta versión de Tenochtitlán resiste mejor a la pandemia. Chilangos y extranjeros: no hay cuerpo que no esté entrenado a la lengua áspera y sucia de la CDMX.

Wuhan/San Juan. Demasiada empresa, demasiada chamba, demasiada precariedad industrializada en esta megalópolis que no se para. La China de América, podría tallarse en piedra con orgullo. La misma locura superpoblada de la tierra de las epidemias. En el centro de México, en los pasillos del mercado San Juan, hay alacranes, caracoles de tierra, carne de león, de búfalo, de cocodrilo, de avestruz, cortes de todo lo que se mueva y chille. El efecto mariposa también aplica en esta orilla del Pacífico: una sopa de murciélago puede provocar una catástrofe mundial.

Monsiváis. «México es la ciudad donde lo invivible tiene sus compensaciones, la primera de ellas el nuevo status de la sobrevivencia». Los rituales del caos, 1995.

Coronita beer-us, la chelita mágica, la inyección contra la precariedad de los horarios y la injusticia de los tabuladores de sueldo. Si el coronavirus me da unos dos días de home office me doy por servido. El teletrabajo no está en las prestaciones de ley. La interrogante en México no es cómo hacer llevadero el encierro, sino cómo lograr que me lo paguen. Me pueden mandar a casa, sí, pero con una recesión de bolsillo. Si es verdad que el alcohol sanitiza, de salida de la ofi me voy a la chupa y al desmadre. Mi terapia. Mi cuarentena interior. Sírvase una chela y un mezcal para los efectos secundarios, que para la cuarentena del desempleo nadie está preparado.

SRAS. Síndrome respiratorio agudo severo. En el valle ahogado de humo amarillento, con su cielo sin estrellas y sin nubes, ceñido por una franja –una corona, digamos– de todas las mugres de la especie, todos andan cubiertos. El tapabocas es el starter pack de la vida en el Distrito Federal. Eso y la tarjeta integrada de movilidad para desplazarte de un hacinamiento a otro en unos vagones que no se paran con una gente que no se para y que no puede pararse porque lo expulsan de la nómina. Hace un año, cuando una contingencia ambiental cabrona ahogó a la Ciudad de México por varios días, se sugirió no salir. Nada grave, dijimos, y los pulmones siguieron ahogados y la carraspera siguió cambiando las voces y las mucosidades con sangre invadieron las salas de juntas. Porque hay que ganarse la vida, we. Es «el laboratorio de extinción de las especies», para hacerle otro guiño a Monsiváis.

Síntomas –o síntomas después de una jornada laboral en la ciudad contaminada–: Fiebre, cansancio, tos seca. Todo el día todos los días. Lávate las manos mientras cantas Cuando calienta el sol e imaginas al Astro Rey de Acapulco reflejándose en el antibacterial de la taquería. Siéntete precario, saciado, enchilado, feliz.

Caparrós. «México es la ciudad por excelencia, y una ciudad es materia desbocada, energía en movimiento incontenible, multitudes que se mueven, máquinas que se mueven, dineros que se mueven, afanes, apetitos, espantos que se mueven para nada, para poder seguir moviéndose». México, la ciudad desbocada, 2019.

COVID-19. En las megalópolis se conoce poco a los vecinos y cada casa es una tribu que se protege de algún contagio: un saludo muy cerca, una pregunta incómoda, una convocatoria a asamblea de condóminos o algo más insoportable: un favor. Tengo un grupo de WhatsApp en la residencia donde se debaten los asuntos comunitarios. Hay una asamblea cada dos meses y cada dos meses nos preguntamos los nombres de nuevo. El resto de los días tememos, peleamos por las facturas, lanzamos algún sarcasmo dirigido en el timeline del chat. En la vida real todos van encima, al lado, en fila india y sin hablarse. Sin hablarnos, no vaya a ser que tu saliva se junte con la mía en las partículas de aire y nos contagiemos como pendejos. ¿No es esa la modernidad globalizada? En mi ventana la aldea global se quema, una mujer estornuda y yo me escondo. Apago el teléfono, me salgo del pinche grupo de WhatsApp: vivo mi cuarentena.

Gotículas del miedo. La paranoia se propaga a la velocidad de una partícula de baba. Lombardía es Ecatepec, Madrid está tan sola como Teotihuacán y Wuhan está en la estación Balderas. El presidente dice que esto se cura con besos y abrazos. La irresponsabilidad es una forma de protegerse, decimos nosotros. Nunca pasó. Jamás se le vio la cara al pánico. Se confirmaron 2, 3, 10, casos, ya ocurrió la primera muerte. Somos fuerzas morales, no de contagio, dirán ahora los comunicados oficiales junto con sus dispensadores oficiales de jabón. Si llega el virus, pues que nos encuentre contagiados.

Proxémica antibacterial. Si hay que mantener distancia de metro y medio, como dicen los expertos, es mejor mudarse de la Ciudad de México o #QuedarseEnCasa y arriesgarlo todo. Es una operación imposible en el paisaje de la demasiada gente. Ahora, si a ver vamos, el social distancing es la práctica diaria en la jungla capitalina. Podemos estar a pocos centímetros, pero a siglos de distancia. No somos pares. No puedo juntarme contigo. ¿Y si te alejas tantito?

Valle Mascarilla. Puedo presentir que la Ciudad de México está cerca porque empiezo a sangrar, a moquear, a rascarme la garganta. Si tiene tos y dificultad para respirar, busque ayuda médica o quédese en casa, manda la OMS. Puedo quedarme en casa, sí, pero seguiré moqueando. Y aunque salga seguiré en cuarentena. Pasará el coronavirus y seguiré viendo a todos con sus tapabocas. Si la contaminación fuera un método de control, México sería el paraíso del biopoder. La cuarentena, lo confieso, no me toma desprevenido: ya vivía en el sedentarismo social al que esta ciudad me obliga. Ya sea al censo o al virus –lo que llegue primero– le diré mi verdad como si estuviera entonando un corrido contagioso: a mí esto ya me traía aislado.

Zakarías Zafra


Publicado originalmente en Literal Magazine.

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